WALDO ROJAS / CINCO POEMAS;

 

Príncipe de naipes

 

Helo aquí, barquiembotellado en la actitud de su gesto más corriente,

es el soberano de su desolación,

sus diez dedos los únicos vasallos.

Silencioso como el muro que su sombra transforma en un espejo,

nada cruza a través de la locura

de este príncipe de naipes,

este convidado de piedra de sí mismo, el último en la mesa

—frente a los despojos—

cuando ya todos se han ido.

Aquí se detuvo la soledad de la adolescencia con un fuerte silencio

retumbante,

y aquí yace él sobre sus ojos como el único brillo:

un Arlequín de Picasso, se diría, pero menos sublime

y con la espada de Damocles en la mano.

Él es el Príncipe del Naipe, “después de mí un Diluvio de agua

hirviente,

y aún todas las aguas errantes del planeta

que nunca nadie llevará hasta mi molino”.


Una noche del príncipe

A Germán Marín


L
a fuerza del cerrojo en los entrepaños de la puerta

y el incierto ascender de madera caminada en la escalera.

De por medio, un mundo de fuerzas reversibles.

La atención del ojo bloquea la conocida oscuridad.

En un sentido aún más sinuoso,

prolonga el oído resonante presagio.

A un momento de neutralidad de dudosa energía,

equilibrio de fuerzas se establece en el centro.

Esto es,

la estabilidad vacilante del poder del tiempo

mantenido a raya,

un entreaguas pulsante,

entre el dato exterior de los sentidos y su escritura

en la tabla rasa,

y el poder de agostada fuerza con que el sueño y sus figuraciones

defiende la diezmada fortaleza

reducida ahora al atalaya y las almenas,

al nerviosamente transitado patio de la cisterna,

estremecida la dotación de sus guardianes

a cada golpe pasmoso, ritmado, relojero,

del poderosamente impulsado Ariete.

 


Espejo de Bar

A Raúl Ruiz.

 

Ni siquiera del tinte del vino,

su verdadero color es el rojo vivo que es también licor ácido o amargo,

todo lo más lejos del dulzor del trago entre sonrientes.

Es así. Y en Embriagado lo dice.

Traza con el dedo a partir de una mancha de cerveza

la silueta de un pez en la madera.

Van a oír lo que ahora mismo estoy diciendo con mi puro gesto agrio,

los ojos que proyecta hacia el tumulto, humo y cháchara del Bar.

Beberá la boca como una venganza, ahogado el reto de un cuerpo que blasfema

prolongándose en la mano que arruga servilletas de papel

y apura el vaso.

Cabe a la voz proferir lo que no se piensa.

Lo que está pensando son tibias palabras inertes, hato de ropajes en el suelo

tras el cuerpo del desnudo.

Chasquidos de látigo las frases le envenenan,

brotan de su historia cortada entrecortada inverosímil mujeres hombres cosas

rastros del imposible Enemigo en el zarzal

donde enredan los pies del personaje que a sí mismo se narra.

La voz entonces hiere, rebana una espesura de gritos que la acallan

y tras el golpe de un puño contra la vociferante boca,

rodar de dados por el suelo

y el demencial dispendio del azar que ellos no anulan.

Lo real se hace presente y asume su postura en un parto de frases estragadas:

Contra el relumbrar filoso —viperino hallazgo del cuchillo— que

desata ahí el rojo vivo que le urgía,

es el vaivén de aquel brazo que se hunde en un cuerpo,

es el “por qué” “por qué” adelgazando aquella boca,

borboteante rojo líquido en la herida, burbujas del veneno…

Tal vez ahora, a contrafondo, una descarga de inodoro,

cualquier crujir de tablas, un tintinear de uña y vidrio.

El Pez en la Madera sobrenada el charco de la copa volcada

y se diluye en el vino.

Empuja el espantajo la puerta de batientes.

Al aire los faldones del abrigo parduzco

alza un torpe vuelo a flor de acera

hacia la calle.

Calle del encadenado urdirse del ladrido de mil perros.

 

 

Mercado de carnes

 

Mediodía de un Viernes y en el Mercado de Carnes

el agua se une en las aceras a la sangre

camino de las alcantarillas.

Mezclándose con todo, por los ojos,

luminosidades que ascienden por su luz,

y asciende el eco sucio de esa agua envilecida.

El resto es permanencia y prolongación.

Toda la ciudad de apacibles cadáveres colgantes

oscila con sus oscilaciones

bajo un sol que surge nuevo de los colores que establece.

Esplendor de una mañana que hurga en los comestibles,

la carne inerte revive en la agilidad de los dedos

que la agitan

como piezas desmontadas de un puente herrumbroso.

Entonces un comercio de muecas y de voces

a golpes de compás del filo de las dagas:

en el mercado de carnes a esta hora

la luz y el fervor son el Orden Inmanente.

La muerte no se halla a ningún precio.

 


El Retorno

“A son réveil —minuit— la fenêtre était blanche…”

Rimbaud


U
n carmín de geranios frugales refulgió en el balcón

apenas el tiempo de un atisbo al desgaire.

Luego del sobresalto del golpe de aldabas

recayeron las losas del patio en mudez conocida.

Te estrechó la capa con abrazo antiguo y la tarde acudió

con más prisa que antaño.

Las dueñas sumisas quemaron el sayo junto al olmo seco.

la piedra del muro y la llama de un cirio

reavivaron una progenitura de sombras con desgano nuevo.

Chasquido de pasos descalzos de una infancia esporádica

se ocultó a tu oído.

Un hosco relente de hoguera anegada pernoctó a tu lado,

y al despertar repentino de la medianoche la ventana fue blanca.

 

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