Se fue con otra -relato-

Por Jorge Miguel Villalobos Gálvez

 se fue con otra

“Era todo un espectáculo de audacia y valentía, para gozo de un numeroso grupo de muchacho que aplaudían a rabiar; animándolos a volver a repetir el arriesgado equilibrismo. Y ante la consternación de nosotros y de otros de sus compañeros, que; enmudecidos, tapándonos los ojos nos negábamos a ver la peligrosa maniobra. Pese a todas las medidas tomadas y a las amenazas de sanciones, no había quién lo detuviera. El más chico, de un año de diferencia, era el más audaz; llevaba la delantera. Su hermano mayor lo seguía, pero eso sí, tratando en todo momento de superarlo en valor y arrojo.”

 

Desafiando el principio de gravedad, los dos chiquillos proleta se dejaban caer desde el tercer piso en la escuela pública de una perdida población del gran Santiago. El edificio de concreto, para muchos mal pensado; semejante a una cárcel de menores. Los dos chicos, aprovechando el recreo, se descolgaban en caída libre; una y otra vez por una de las barandas de metal de la escalera para llegar sano y salvo al primer piso. Era todo un espectáculo de audacia y valentía, para gozo de un numeroso grupo de muchacho que aplaudían a rabiar; animándolos a volver a repetir el arriesgado equilibrismo. Y ante la consternación de nosotros y de otros de sus compañeros, que; enmudecidos, tapándonos los ojos nos negábamos a ver la peligrosa maniobra. Pese a todas las medidas tomadas y a las amenazas de sanciones, no había quién lo detuviera. El más chico, de un año de diferencia, era el más audaz; llevaba la delantera. se fue conSu hermano mayor lo seguía, pero eso sí, tratando en todo momento de superarlo en valor y arrojo. Competían sin medir los riesgos que corrían. Su madre, avergonzada por las constantes travesuras de sus dos hijos, prácticamente vivía en la oficina de la directora del establecimiento. No eran sólo las travesuras de los pequeños aprendices de trapecista las que originaban ese verdadero peregrinaje de la madre. Eran inquietos y parlanchines. No se apreciaba en ellos mayor interés por su “futuro”. Vivían intensamente el momento. Se resistían a dejar de ser niños. “Déficit atencional, problemas de cognición, hiperquinéticos” decían los más entendidos. Pero tenían algo a favor; no eran ni belicosos ni pendencieros. Eran apreciados y reconocidos por sus pares como entusiastas y leales camaradas. Les sobraban defensores entre sus compañeros. Para mí, las quejas de sus profesores no eran una sorpresa. Cada vez que entraba a la sala de profesores y sentía sus miradas sobre mí, antes que me dijesen algo les preguntaba: _ “y, que hay de nuevo… ¿qué hicieron?”, disponiéndome a recibir y a afrontar todo tipo de reclamos; de uno o más profesores sobre la flojera y las repetidas diabluras de mis dos pequeños actores. Debo reconocer que a veces me divertían sus travesuras. Me recordaban las mías, aunque yo era muchísimo menos osado; más bien apático, descolorido, algo tristón en este orfanato llamado mundo. Lo que si estaba claro, era que no demostraban gran interés por aprender lo que con tanto empeño insistíamos que aprendieran. Quizás Saramago tenía mucha razón cuando decía que: “El hombre más sabio que había conocido en toda su vida no sabía leer ni escribir”. A cada paso manifestaban otras habilidades, destrezas que dejaban en evidencia el desarrollo de otro tipo de inteligencia, esa que a veces muchos de nosotros los profesores no vemos o no queremos ver; ya sea por las exigencias del currículo, de la burocracia de los papeles, porque el sistema vigila, evalúa y castiga si nos desviamos de sus objetivos oficiales, o simplemente, porque son los otros no nuestros hijos. Entonces, pasamos inflexiblemente la aplanadora intelectual por sobre ellos, negando la inteligencia lúdica, la principal herramienta de la imaginación y la creatividad. Muchas veces un número de lista entre los 45 escolares que llenaban la sala de clase. Un detalle no menor que distinguía a los dos hermanos, era cuándo programábamos alguna actividad extra programática; un paseo, una salida a escuchar un concierto, una visita a  algún museo, o cuando se me ocurría hacer la clase en algún rincón del patio con ellos. Espacio que aún conservaba algunos viejos árboles y jardines que sobrevivían a costa de la porfía y cuidado de los anti-cemento. Un “pasarla bien” decían y se desbordaban de entusiasmo. Querían estar en todas. Se disputaban por asumir las obligaciones que les tenía reservada sólo a los más serios y tranquilos; para que todo saliera bien. Con ellos dos hacía en buena hora una excepción. Labor que cumplían con una fidelidad y rigurosidad a toda prueba.

Con su madre que hacía de apoderada de ambos muchachos me había reunido no solo al término de las reuniones mensuales, sino que también en otras reiteradas oportunidades.  Sentía pena por ella, no lástima, porque a pesar de que era en apariencia una mujer débil, macilenta, reconocía toda su fortaleza, todo el esfuerzo que ponía para controlar a sus hijos, y sobre todo por el empeño que desplegaba para sacar adelante su hogar. Ella tenía que hacer de madre y también de padre. Sabía de su pobreza material, de lo difícil que era para ella y para sus hijos tener que vivir en los extramuros de la ciudad; con todo lo que significa ser en medio de la opulencia de unos pocos un marginado social. Como muchos otros, víctima de la desigualdad, de la anómica caricatura de “desadaptados”, de “peligrosos”. La mujer me insistía que su único sueño, antes de morirse, era sacarlos de ese ambiente, que aunque reconocía que había gente buena; la droga y la violencia primaban. Dentro de su desesperación, estaba convencida que la educación era la única salida para superar la pobreza y la desigualdad, “para que mañana puedan ganarse decentemente la vida, como su padre” – decía. Con un poco de rubor me confesaba que: _ “No he querido darles otro papá, imagínese profesor, si yo los acepto como son… ¡eso sí!, no crea que los consiento… ¿cree usted?, que alguien más los va querer como los quiero yo”

Fue durante una fría tarde de invierno. El cielo estaba bien encapotado; como preparándose para descargar de una sola vez toda la lluvia que los meteorólogos no descansaba de presagiar. La asistencia de los apoderados a la reunión fue escasa, menos de la mitad respondió a mi llamado. La mujer, puntualmente se ubicó en el rincón más apartado de la sala, detrás de otras señoras. Porque las reuniones de apoderados son con toda seguridad propiedad de las mujeres. A pesar de la asistencia tuvimos tiempo para conversar y ellas hacer su tradicional rifa de dos paquetes de alimento para reunir algunos fondos que ayudaran a hacer posible la despedida de fin de año. Era su último año. La escuela no tenía enseñanza media. Una vez que di por terminada la sesión y mientras la mayoría abandonaba apresuradamente la sala, ella se me acercó y pidió conversar en privado conmigo. Tuvo que esperar poco. Luego de haber atendido las consultas de dos mamas que no quería retirarse sin saber antes y con más detalle el comportamiento y rendimiento de sus niños. Se sentó frente a mí, yo, aparté lo que estaba sobre el escritorio y me dispuse a escucharla. La sentía nerviosa, no podía evitar restregarse las manos bajo la gruesa bufanda de lana negra que la abrigaba. _ “Profesor… primero, gracias por todo”. La verdad es no me siento muy cómodo cuando alguien le recuerda a uno lo que es una obligación hacer como profesor. Continuó: _”siempre me están hablando de usted, se nota que lo quieren mucho y ahora que falta tan poco para que usted los deje…no sé qué va a pasar con ellos en el otro colegio” se detuvo, como buscando las palabras. _ Yo creo saber porqué son así, porqué se comportan como se comportan. Cuando me acuerdo me da mucha pena y rabia. ¿Por que tenían vivir lo que vivieron? Mi esposo… de él nunca le he hablado… era dirigente del gremio de los zapateros. Quería tanto a sus “pollitos” –así los trataba, con harto cariño… Fíjese profesor que cuando llegaba de su trabajo, siempre les traía algún embeleco, y unos libritos Quimantú; para que lean, porque “hay que leer para defenderse” –les decía. Por  un momento la mujer calló. Usted sabe que cuando derrocaron al gobierno del presidente Allende… foto allanamientoUna noche…  ya ni me acuerdo si fue el 23 o 24 de septiembre de 1973, a eso de las tres de la mañana un grupo de militares echó abajo la puerta y entraron violentamente hasta llegar a la única pieza donde dormíamos yo, mi esposo y mis dos pequeñitos. De la cama lo arrastraron para llevárselo. Yo aferrado a él y mis hijos agarrados a sus piernas… Era buen padre, ¡siempre fue buen padre! Creo que él era más consentidor que yo… Los hombres no escuchaban mis ruegos, menos las lágrimas de los hijos… En la puerta…un uniformado le dio un balazo… y entre dos soldados lo tiraron en la parte de atrás de un camión que tenía el motor en macha; como un bulto más sobre otros cuerpos que a través de mis lágrimas alcance a ver…Nunca hasta hoy he podido recuperar su cuerpo. Para ellos no existía. Cuando me atreví a reclamarlo me dijeron: “no lo busquis más, tu hombre se fue con otra”. 

VillalobosJorge Miguel Villalobos Gálvez es profesor de Historia. Nacido en Santiago, en abril de 1949. Vivió en la ciudad de Linares donde hizo sus primeros estudios (Escuela N° 1 y Liceo Valentín Letelier). Cuenta con un Magister en Educación, Gestión y Cultura. Dedicado a las letras y columnista habitual de algunos medios online. Actualmente reside en Santiago.

5 Responses to Se fue con otra -relato-

  1. Luia Alberto Aniñir Naín dice:

    Sin lugar a dudas nuestra infancia fue feliz, no siendo hijos de la Dictadura ni de la seuda Democracia, fuimos personas libres sin un vivir dicotómico en donde la sonrisa y la risa era tan natural como respirar, en que el reconocer nuestra clase, proletaria, no nos impedía ser inmensamente feliz………Gracias por estas letras llenas de significancia.

  2. Michelle Villalobos Romero dice:

    Qué emocionante artículo! Imposible no sentir un nudo en la garganta al leerlo.. llegue aquí de casualidad y me despido con la esperanza de volver a tener comunicación con ud. Lo recuerdo con mucho cariño.

    Su sobrina Michelle Villalobos

  3. Michelle Villalobos Romero dice:

    Qué emocionante artículo! Imposible no sentir un nudo en la garganta al leerlo… llegué aquí de casualidad y me despido con la esperanza de volver a tener comunicación con Ud. Lo recuerdo con mucho cariño.
    Su sobrina Michelle Villalobos

    • Jorge M. Villalobos Gálvez dice:

      Querida Michelle, gracias por su comentario. Mi correo es el mismo, el suyo no.
      Espero contactarme con usted lo antes posible.
      Un abrazo
      Jorge M. Villalobos G.

  4. Jorge M Villalobos Gálvez dice:

    Querida Michelle, mi correo está a su disposición, jorgemvig@gmail.com, el suyo no es mismo.
    Gracias por su comentario. Un abrazo
    Jorge M. Villalobos Gálvez

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