Misceleána Romana: La muerte en las memorias de Adriano

Por Daniela Pinto

 

“Tal y como la existencia había sido extraña unos minutos antes, Extraña era en este momento la muerte…” (V. Woolf. The Death of the Moth.)

 

Amargamente, el llanto  inconstante de una  niña,  sentada en la banca  de una  capilla  perdida en el tiempo, se alza  sobre  las cabezas de los dolientes. Sin comprender lo ocurrido, el iris sombrío observa detenidamente la luz proyectada por   lo  cirios   mortuorios.  Mientras  un   barullo incomprensible y  millares de quejidos se asoman a sus  efímeros oídos.  No  percibe  el significado de  aquellas voces.  No  entiende el  lenguaje mustio y doloroso de  los  quejidos  ajenos.   Sin embargo, en el breve  instante que  alcanza la duración de un  segundo, intuye el cambio en su mirada, en el temblor de sus dedos,  en el ahogo  de su pecho  y en el musitar de sus labios  al ver  el cuerpo  putrefacto observándola tranquilo: “¡Está vivo!  Parece que respira. ¿Cuándo  morirá? No vendrá a verme nunca más.  Se ha ido  al cielo. ¿Pero,  por  qué  me  está  mirando? Él está  quietecito como  una  foto, como   las  mariposas  que  tengo   en  la  caja.  Tengo   frío.  Y  él  sigue   allí,  como durmiendo y con los labios morados. La cara se le ve extraña y tienen una arañita caminándole  por   los   labios.   Está   medio  muerto,  medio  vivo.   Como   aquel personaje del libro  de mi  hermano. Como  aquella mujer del cuento o el hombre gobernante y moribundo”

Esta es una reflexión en torno a la muerte y no a la vida. ¿Puede el fenómeno de la muerte donar de sentido y responder a la pregunta por el devenir existencial humano? ¿Es posible concebir la existencia, comprendiéndola en su más íntimo sentir, a través de la experiencia mortuoria? ¿Puede, acaso, la niña responder a estas interrogantes? Probablemente. Intuitivamente. Sigo pensando en aquella experiencia sepulcral, apacible pero nimbada de una oscuridad infinita, fruto de la conciencia de la pérdida del que vive y la enajenación del que se ha ido; como un modo de entrever la importancia que poseen los otros  en nuestra construcción vivencial, perfilando la expectación del sendero futuro y encorvando nuestra percepción del mismo. Lentamente, mientras ordeno mis ideas, evoco ciertas imágenes  que  solapadamente  se  entrelazan  a  mis  recuerdos  vividos obsequiándome el objeto de este escrito. Pero ¿Cuál es ese objeto? En una primera aproximación podría argüir que esta miscelánea trata acerca del fenómeno de la muerte. Pero descrito y explicado a través de la pluma de una escritora. A través del monólogo delirante de algún personaje novelesco que quiere vivir eternamente y que busca ser materializado por sentidos ajenos. Busco el objeto de estas frases en aquella apasionada construcción centenaria presente en la producción literaria. Pero no cualquier producción literaria, sino más bien, la que vive agazapada y oculta en la creación Belga-francesa de Marguerite Yourcenar.

De fondo, luego de mi titubeo habitual, logro distinguir, clara y distintamente, los rasgos medulares de la obra que deseo exponer y presentar. Me voy adentrando y perteneciendo a los personajes de la obra, y de manera mediata,logros atisbar algunas características, que algo muestran de su autora. Trato de encontrar respuestas. No obstante, ante la pregunta por la muerte, hallo una multiplicidad de ideas discordantes y unificadas que intentan dar respuesta a las interrogantes   planteadas   en   el   comienzo   de   este   ensayo.   Así,   doy   con   el pensamiento de Miguel de Unamuno. Susurrándome al oído la verdad de su sentimiento trágico de la vida, y refiriéndose a una de las frases utilizadas por ese tipo de hombres marcados por la vivencia continua, Benito Spinoza: “el esfuerzo con que cada  cosa trata de perseverar en su ser no es sino la esencia  actual  de la cosa misma…la esencia  de cada hombre no es sino el conato, el esfuerzo que pone en seguir  siendo  hombre, en no morir” (Unamuno 12); me anima a pensar que mis experiencias  han  sido  la  base  para  entender  la  soledad  del  hombre  cuando  la muerte lo ronda. Pienso en la mejoría de los muertos, esa extraña extensión de vida humana que se extingue luego de la despedida amorosa o la culpa necesaria y el miedo funesto. El deseo de eternidad se trasforma en deseo de perseverar en el otro. En la imagen del que vive y sufre. Es el deseo de eternidad el que significa al hombre, confiriéndole su sentido íntimo, preparándole para la muerte esperada. Aquella que se disputa un espacio del tiempo entre sus dos dimensiones, antes del nacer   y   después   del   morir,   una   expectación   singularizada   y   enraizada   de humanidad   plañidera.   Un   elemento   significante   en   la   historia   vital   que cíclicamente  implica  una  regeneración,  un  vislumbrar  absoluto  de  un  eterno retorno inextinguible. Puedo decir, entonces, que es el hombre, inserto en un devenir fenoménico y mortuorio, un ser-para-la-muerte, en tanto magnánima constitución existencial. Un hombre entendido en su potencialidad de ser, de comprenderse en tanto extensionalidad y cuidado existencial, desenvueltos en el mundo a partir de sus propias elecciones. Un conjunto de determinaciones mortuorias que logran ser entendidas como aquella posibilidad límite o extrema del ser-hombre mismo y único. Desde aquí la existencia de una ulterior posibilidad se extingue como el aliento caliente de la vida y la muerte, de alguna u otra forma, pertenece al ámbito del no ser aun. De aquello que se espera y que no llaga cuando se piensa y determina. Una resistencia al cambio esperado y un modo de existencia desconocido que atemoriza1. Un abandono horroroso de cualquier forma conocida antes de la entrega y que, a pesar de nuestra cercanía natural con la corrupción, nos aterroriza  y entristece. En este sentido, la  percepción  del buen  Unamuno, una actitud conciliadora y esperanzadora de la expectación de la muerte, es un tanto nivolesca y prometedora, más de lo que percibo como singularidad hecha para la muerte.

Me sorprende el modo de representación de la muerte cuando se menta la misma. Es la propia muerte, a menudo figurada al amparo de arrugas extranjeras y

1  Aunque si fuera por Arthur Schopenhauer, la misma experiencia de la muerte, en un sentido individual, único, no tendría mayor importancia, toda vez que la reflexión del filósofo se encuentra en la permanencia del todo sobre la estructura simple de la parte. Una reflexión en torno a la extensión del sujeto en el conjunto de seres humanos: “La individualidad de la mayoría de los hombres es tan miserable y tan insignificante, que nada pierden con la muerte. Lo que en ellos puede aún tener algo de valor, es decir los rasgos generales de humanidad, eso subsiste en los demás hombres. A la humanidad y no al individuo es a quien se le puede asegurar la duración” (Schopenhauer 65).

parásitas,  símbolo  de  la  vejez  indeseable,  la  que  nos  permite  vislumbrar  el horizonte crítico de la naturaleza vital de los individuos. De este modo, la muerte, como potencialidad, es una posibilidad inminente. Un algo que aún  no es „ante los ojos‟ no es „lo que  falta‟ últimamente, reducido a un  mínimo, sino  más  bien  unainminencia‟. Un algo que, se trasforma y muta y, que tan pronto el hombre viene  a la vida,  es ya bastante viejo para  morir. Y esto es aterrador. Es aquello por lo cual la  edad  me  ha  complicado  desde  los  nueve  años,  al  contemplar  el  rostro  del

ahogado detrás del vidrio.

El hombre, al mentar su muerte, produce un sentido de su propia existencia, comprendiéndola y revelándose en el mundo. Por ello, resulta lógico pensar que representa la única posibilidad que niega a todas las demás posibilidades, y tiene una carga de inevitabilidad, pues es insuperable. El comprenderme y, al hacerlo, intuir al otro en tanto es parte de ese conjunto de posibilidades siniestras que juegan con nuestra imaginación, es lo que me permite co-existir con ellos, apreciarlos,  odiarlos,  ser  humana, demasiado humana.  No  obstante,  es  difícil hacerlo, pues la compenetración me parece adecuada, pero compleja. Así, de esta suerte de manifestación existencial de la muerte, me nutro sólo en la forma en que el co-existir entrega la significación del todo ser-uno y arrojado a la muerte.

 

Ahora, súbitamente, debo hacer un alto en mi escritura. Quizás usted, el que lee este escrito ahora, cavilará en lo ridículo que es leer un ensayo como éste. Pero, si en este preciso momento quisiera dejar de leerme, le diría que en algún instante de  su  existencia  reparará  en  el  sentido  identitario  de  las  interrogantes que  he planteado en este escrito. Se hará viejo. No habrá pintor, ni escultor alguno que retrate o reconfigure su imagen según su mirada presente. Pensará en qué dejarle a sus hijos, o quién cuidará a su esposo o mujer. Las arrugas surcarán su rostro difuso con los años o trizará el cristal eterno de su porvenir juvenil. Si es el suyo qué importa, no estará para apreciarlo, ¿pero si es el otro, el ajeno, el que usted no esperaba? Quiero permanecer en su mente y no ser sólo una posibilidad arrojada, impropia, sin fuerzas para evadirse o eliminarse. Ahora depende de su elección el continuar leyendo. Yo, seguiré haciendo lo que me place, esperando donarle algo, aunque sea la molestia y el hastío. Yo si fuera usted me leería.

 

Siguiendo misceláneamente con la directriz difusa de este escrito, lo primero que hay que esclarecer ante la mirada pasajera de ustedes lectores, acerca de la muerte en las obras de Marguerite Yourcenar, es que esta mujer es, sin lugar a dudas, una representante de aquellos autores, que no perteneciendo al ámbito de la filosofía, son capaces de transmitir más verdad en sus escritos, en sus ensayos y novelas,  que  los  mismos  grandes  filósofos  clásicos  o  contemporáneos.  Tal  vez ocurra algo parecido que con don Miguel que, en sus obras, o mejor aún, que en sus frases no existe matiz, ni agudeza filosófica alguna, pero que al leerlos, interiorizarlos, estas mismas frases se impregnan, se implantan de lleno en la raíz medular de mi forma de concebir la muerte, la vida y, con ella, la propia existencia. Y, de esta forma, puedo expresar que la literatura cala profundo en esas formas hurañas e íntimas de una mujer, del hombre.

En  su  obra  Memoriade  Adriano”,   cuya  traducción  al  español  se  la debemos  a  Julio  Cortázar,  se  plantea  la  temática  de  la  muerte  desde  una perspectiva  madura,  desesperada  y  agonizante,  –en  algunos  pasajes  del  drama triste e irremediablemente aceptada–  es decir, el tema de la muerte se muestra, en la pluma de Yourcenar, como aquella mismidad vital que configura el perfil existencial de Adriano, el protagonista de la novela. Es su resurrección. La forma corpórea de la expresión mortuoria, toma el cariz de una larga lucha contra una afección  cardíaca  que  sufre  Adriano,  quien  es  en  ese  momento,  emperador  de Roma y, con la que deberá batirse a duelo, ganando tiempo, para poder, en un grito casi   desesperado   pero   sin   las   fuerza   de   la   juventud;   escribir   una   carta autobiográfica a su sobrino Marco Aurelio, quien tendrá que ocuparse del justo manejo del imperio a la muerte de su tío. Tiñendo de negro la pluma escribe lento y seguro: Querido Marco: he ido a ver  esta  mañana a mi médico Hermógenes…el examen  debía   hacerse   en   ayunas…Te  evito   detalles  que   te  resultarían tan desagradable como  a mí mismo, y la descripción de un cuerpo  de un hombre que envejece y se prepara a morir de  una  hidropesía del  corazón…Es difícil  seguir siendo   emperador ante  un  médico, y también es  difícil  guardar la  calidad de hombre…”  (Yourcenar 9). Así, inicia la descripción agónica del que sabe que no existe tiempo alguno para él. La melancolía y la derrota ya están aceptadas por el protagonista en su calidad de hombre. Piensa que la inmortalidad no está hecha para el ser más importante del devenir histórico de un espacio sin tiempo. Y esto es profundamente desgarrador. En las líneas se contempla el fluir, casi meditabundo, de un hombre que, de alguna u otra forma, trata de proteger a un joven de la experiencia de la vejez, de la verdad de la muerte y del justo modelo político que debe aprender y aplicar sobre los suyos. Penosamente, trata de refugiarse en las disculpas del estado físico que lo corrompe, desnudándose ante el que percibe el interior  del  ser-cuerpo,  con  el  fin  de  que  la  escena  en  la  que  Marco  Aurelio comience a leer la carta no se presente más desconsolada de lo que debe presentarse. Como si la muerte debiera ser anunciada.

 

Siempre he pensado que la muerte no es más que la terrible pronosticación de un cáncer, cuya conciencia se extiende en nuestras vidas, como las células cancerígenas, ramificándose por todo nuestro espectro existencial. Adriano comprende su muerte, la conciencia de ésta le había llegado desde hace varios años antes. La vida ya estaba pareciendo un sueño abrasador, tierno, delicado y, cada vez más lejano, ya inalcanzable. Los recuerdos de la infancia, de la juventud ya habían pasado a la historia; pero no a cualquiera, sino que habían traspasado los límites de la razón, y comenzaban a refugiarse en los sueños etéreos; transformándose en los fundamentos históricos de la misma vida Adriánica. Su historia era la que estaba escribiendo ahora, no para volver a leerla y volver a vivenciar sus notas, sino como un desahogo espiritual que debía pertenecer y enseñar al otro. Nuevamente la perspectiva de los otros ejerce sus fuerzas subterráneas en la demarcación existencial propia: pero de todos  modos he llegado  a la edad  en que la vida,  para cualquier hombre, es  una  derrota aceptada. Decir  que  los  días  para  mi  están contados  no   tiene   sentido,  así   fue   siempre;  así   es   para    todos.    Pero   la incertidumbre del  lugar, de  la hora  y del  modo, que  nos  impide distinguir con claridad ese fin hacia  el cual avanzamos sin tregua, disminuye para  mí a medida

 

que la enfermedad mortal progresa” (10) Sí, realmente era un avanzar sin distingo de rango, de formación educacional, de riqueza y de bondad. El avance era cada vez más rápido y la certeza que Adriano ganaba de la proximidad de su muerte hacía sentir ardientemente, el deseo de decir, de explicar, de compartir su vida con su Marco Aurelio. Sumido en un esfuerzo estoico por encausar el pensamiento del otro, del extranjero propio, nuevamente el deseo de inmortalidad, tantas veces nombrado en Unamuno, sin distinción de raza, idioma, cultura o religión se nutre en los huesos del moribundo consiente. En este sentido, el emperador Adriano sabe que está muriendo y que es el mayor a cargo de una ciudad ensoñada.

Daniela Pinto

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