Memorias Transeúntes – Edmundo Moure

CACTUSCultural.cl tiene el agrado de presentar a continuación y en forma exclusiva, un fragmento de la extraordinaria obra literaria que el connotado escritor Edmundo Moure, presentará este miércoles 14 de junio en la Universidad Alberto Hurtado, sala A-11, a las 18,30 horas. Harán uso de la palabra en esta ceremonia la destacada poeta y miembro de la Academia Chilena de la Lengua Astrid Fugeille y el escritor Jorge Calvo quién además es autor del prólogo a estas memorias.Edmundo Moure es un escritor de dilatada trayectoria literaria, hombre de gremio y de bar, entusiasta animador del legendario Refugio López Velarde de la SECh, un escritor que ha integrado en diversas ocasiones el directorio de la SECh y además fue su Presidente; ocupa mejor que varios un lugar de privilegio para abordar una retrospectiva panorámica de los últimos cincuenta o sesenta años del devenir literario, social, político, poético y amoroso de una época especialmente significativa, donde la sociedad chilena sufre una grave trizadura que marca todos los ámbitos de la actividad del país.

Edmundo Moure en estas Memorias Traseúntes despliega una mirada evaluadora, analítica y testimonial sobre un periodo particularmente difícil y complejo de nuestra historia reciente y lo hace con un conocimiento basado en una sólida formación literaria y con el aval de un oficio literario ejercido con sabiduría y amplio domino técnico.

 

El extraordinario talento de fundar mitos urbanos

 Las raíces de la crónica como género literario se remontan a los albores de la actividad humana; desde el origen de los tiempos ha existido alguien que ha referido y comentado episodios y situaciones –en las que alguien más- se ha visto involucrado o ha protagoni-zado. El arte de narrar sucesos y situaciones es por esencia el arte indiscutido de la palabra, que concatena, da forma y eslabona, imprimiendo énfasis, belleza y profundidad a lo narrado, de modo tal que, los sucesos referidos repercuten en regiones y dimensiones situa-das más allá de lo narrado y de este modo se establecen como elementos fundacionales de la conciencia de su tiempo: de aquello que Sartre denomino “la epidermis de una época” Y, el escritor, que en su obra aborda el género de la crónica, deviene “testigo lúcido de un pe-riodo de la historia”. No de otro modo considero el texto de Edmundo Moure, “Memorias transeúntes”, que en dos tomos (El libro de los Anhelos y Conjugaciones desde el Armario) Editorial Etnika tiene el acierto de poner en circulación.
(Fragmento del prólogo de Jorge Calvo)

 

  MEMORIAS TRANTESÚNTES; CAP. II  “DE LOS SUEÑOS” (extracto)

NACENCIA. Nacemos en un contexto dado, familiar, social, ideológico y cultural, es decir, en una circunstancia histórica singular que, de una u otra manera, condiciona nuestro pensamiento desde que abrimos la conciencia a las incógnitas del mundo, a sus placeres, desafíos, peligros y dolores, a ese extraño camino que es vivir preguntándose.

Recibimos una lengua con la que nominaremos nuestro entorno, seres y cosas, objetos animados e inanimados. A través de ella aprehenderemos las primeras creencias, casi todas ellas artículos de fe o máximas de comportamiento en la tribu en que vivimos. Las palabras serán nuestra primera ilusión como menesterosos magos vocálicos.

En el umbral de la adolescencia cuestionaremos el mundo de nuestros progenitores. Es quizá el primer atisbo voluntario hacia la libertad, móvil incierto, lleno de dudas que se abre como abanico de difusos límites e impreciso derrotero. Los primeros conocimientos propiamente intelectuales nos inquietan y nos desafían a develar numerosos misterios que la existencia nos presenta.

¿Qué podemos elegir?, ¿qué elegimos libre y reflexivamente?  Muy poco, casi nada. El mundo y la naturaleza y el Cosmos están construidos como una estructura sólida, escasamente permeable a nuestros deseos de franquear sus puertas adornadas con rótulos de prohibición e incitaciones equívocas.

Y no sólo estamos condicionados por la circunstancia; es más, llevamos ya, de modo visceral (¿genéticamente?) ciertas inclinaciones a abrazar la ideología de nuestros mayores o a rechazarla de plano. Esta actitud ocurre antes de que hayamos logrado un cierto conocimiento teórico que apoye esas creencias incipientes, y nadie podría afirmar que antes de tomar partido o inclinarse por una cosmovisión particular, sopesó en su razón una gama de opciones diversas, escogiendo la que consideró más racional o inteligible.

Sucede más bien lo contrario: una vez que adscribimos determinada postura, comenzamos a buscar la sustentación teórico-ideológica que nos permita entenderla y defenderla de nuestros enemigos, adversarios o antagonistas. La idea se hace bandera en batallas no siempre dialécticas.

Como en el amor, nadie escoge, sobre la base de reflexiones y discernimientos sistemáticos, a la persona en quien volcará su cariño; el ejemplo de los enlaces convenidos familiar y socialmente sólo confirmará este aserto. Primero es el acto volitivo, pasional; luego vendrá el análisis lógico, más para justificar y explicar la elección que para sustentarla como verdad de pleno entendimiento.

En este contexto, ¿cuál es la medida de mi libertad? Acaso los senderos que se bifurcan, limitados y constreñidos por la moral de la tribu y su cadena de proscripciones. Se trata entonces de la escogencia entre opciones del bien o del mal, según axiologías más o menos rigurosas, pero nunca libertaria en sentido amplio. Así, la libertad  sería una “facultad natural” de los individuos humanos para obrar o no obrar, para elegir la forma de hacerlo, de manera voluntaria, consciente y responsable.

Leibniz defendió la libertad del ser humano para actuar conforme a su voluntad, y eso explica su recurso a la distinción entre verdades de hecho y de razón. Pero las verdades de hecho se reducen prácticamente a las de razón o analíticas. El problema se presenta en la complejidad y extensión de los análisis pertinentes en cada caso o disyuntiva particulares. En cuanto a las llamadas “verdades de razón”, éstas se refieren a esencias y no es del caso apelar a ellas en esta breve reflexión sobre la posibilidad real de ejercer la pregonada libertad humana, que posee estatuas y llamas, pero no hombres libres.

En Descartes se agudiza el problema del conflicto entre pasiones/ tendencias naturales y las partes inferior o superior del alma. Las pasiones, según el filósofo de la Razón, son involuntarias (el alma no controla su origen e influencia), inmediatas y con frecuencia irracionales (esclavizan el alma). La tarea del alma respecto a las pasiones es intentar someterlas a los criterios de la razón, con la fuerza de voluntad necesaria, es decir, engrillarlas.

Para el hombre –según Descartes- la libertad consiste en elegir lo que es propuesto como verdadero y bueno por el entendimiento, no en la mera indiferencia ni en la posibilidad absoluta de negarlo todo (eso sería ignorancia o nihilismo). Para que el alma sea libre y feliz, debe liberarse de la esclavitud a que la someten las pasiones.

En Spinoza, sólo se es libre y alcanzamos la felicidad –corolario de la libertad- cuando el alma (nuestro entendimiento) consigue un conocimiento claro y distinto de las cosas. Dejaremos de odiar y sentir temor cuando conozcamos las causas que determinan los fenómenos en la naturaleza. En otras palabras, el conocimiento nos hará libres, aunque para el santo –Francisco de Asís- la plena libertad sólo se alcanza en la prescindencia absoluta de las necesidades terrenales (mientras menos tienes como posesiones materiales, más libre eres). En esto coincidiremos con Buda, aunque nos repugne la otra cadena, la escatológica de las sucesivas encarnaciones.

Para Spinoza, la libertad consiste en el conocimiento, cada vez más acendrado, del orden natural y en la aceptación racional de sus procesos. De este modo conoceremos al mismo Dios (conocer la naturaleza y conocer a Dios se identifican).

Muchos han visto la profunda influencia de los estoicos en Spinoza: determinismo total, necesidad de aceptar el determinismo como destino y orden racional; necesidad de liberarse de las pasiones, intelectualismo -salvación/felicidad por el conocimiento- y reducción de la libertad a la razón.

Pero ¿qué significa la libertad para nosotros, -aquí, hoy- sub-occidentales del fin del mundo?

En una sociedad como la nuestra y aun –me atrevo a decir- en un contexto planetario que es nuestro espejo y paradigma, donde se impone una sola ideología político-social, la libertad humana, entendida como posibilidad de expresión y desarrollo de nuestras facultades, talentos y anhelos, es una falacia… No sólo estamos constreñidos por las cortapisas de una moral ambigua –distinta para quienes estamos, como la inmensa mayoría, fuera de los ámbitos del poder- sino que la red de pequeños y eficaces sometimientos parece dominarnos sin contrapeso.

Cada vez más, el poder que nos coarta se torna anónimo e impersonal. Ya no es un individuo o un grupo o una clase que podemos identificar en hipotética lucha por liberarnos, puesto que nos enfrentamos a entidades de acceso fantasmal para sus usuarios-súbditos: corporaciones sin rostro, transnacionales que están más allá de cualquier bandera o adscripción conocida según códigos ya obsoletos.

Vivimos como el señor K, pero ni siquiera el Castillo está ahí, en un espacio acotado y definible. No existe, y, sin embargo, es ubicuo, como el mundo virtual que nos aherroja sin necesidad de meternos en prisión o en galera, porque la cárcel ha llegado a ser el todo, aunque se nos ofrecen extrañas ventanas por donde vislumbramos un mundo ideal de gratificaciones puramente hedonistas… Estamos atrapados, somos un número, una clave; no conocemos a nadie y todos nos “conocen”, es decir, nos ubican y clasifican, develando nuestras miserias y calibrando nuestras posibilidades de servir eficazmente al orden establecido.

Dios nos ama, dicen algunos, y tiene un plan del que somos su fin sobrenatural, allí donde la teleología se hermanará con la libertad total. Entonces, esta angustia existencial de la posmodernidad, ¿será transitoria?, ¿será como los sueños del poeta que sueña una ciudad –Lisboa o Santiago de Chile- que se difumina en crepúsculos ilusorios? O nos conformaremos, al decir de Pessoa con “enrollar el mundo alrededor de nuestros dedos, como un hilo o una cinta con la que juega una mujer que sueña asomada a la ventana”.

O volveremos la mirada a Kierkegaard, maestro amado por su lucidez, filosófica y literaria, pues en nuestra búsqueda íntima y particular no podemos atenernos sólo al pensamiento que alguien desbroza en la síntesis del lenguaje, porque no nos basta un ideario frío y filoso como un bisturí, sino que perseguimos también la vibración estética de las palabras: lo bello y lo sublime esculpidos en las mismas sílabas:

Ese interior actuar del hombre, ese lado de Dios es lo que importa, no una masa de conocimientos; porque así vendrán después tales conocimientos, no como agregados casuales, no como una serie aditiva de unidades meramente yuxtapuestas, sin un sistema, sin un centro focal que reúna todos los radios. ¡Este eje de luz es lo que yo he buscado!  

Será el fanal de Penélope, quizá, aunque Ulises ya no pueda navegar en un océano donde se ha enajenado al viento como impulso primordial del sueño aventurero, hoy vuelto irreparable angustia.

 

 

 

 

 

 

ANGUSTIA. Decía Micaela Souto que la angustia existencial o mal du siècle era poco más que una desazón burguesa ante el desplome de los presupuestos de su filosofía ramplona. Al parecer, fue Chateaubriand quien consagró la expresión, a fines del siglo XVIII, referida a la estética del romanticismo, concepto que iba a extenderse hasta la primera mitad del siglo XX. Un certero apunte cibernético –Wikipedia mediante- nos dice que: Se considera que este malestar se debe al vacío existencial dejado por el racionalismo de la Ilustración. La cultura ilustrada y la tradición de los enciclopedistas franceses habían destruido de forma empírica las bases metafísicas y religiosas de la sociedad tradicional, y esto deja sin respuesta a las nuevas demandas de sentido. Algo similar ocurriría en el siglo XX durante el período de entreguerras (1914-1939) con el dadaísmo, el surrealismo y otras vanguardias artísticas y literarias (Virginia Woolf, Alfonsina Storni -ambas suicidas-), en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial (1945) y en los años cincuenta con el existencialismo (Sartre, Camus), el teatro del absurdo o la generación beat, y que se prolongó en determinados aspectos de la denominada revolución de 1968.

 

Pero la angustia humana, como síntoma existencial, es mucho más antigua. Los filósofos la atribuyeron al síndrome del paraíso perdido. Los teólogos del cristianismo la relacionan con el pecado original, con la expulsión de Adán y Eva del Paraíso. Sören Kierkegaard escribe un tratado sobre el tópico, “El Concepto de la Angustia”, que se sustenta en la idea cristiana de la caída de nuestros primeros padres. Nos dice el maestro danés: La angustia significa ahora dos cosas. En primer lugar, la angustia dentro de la cual el individuo pone personalmente el pecado como salto cualitativo. Y, en segundo lugar,  la angustia que ha venido y sigue viniendo con el pecado; esta angustia, de modo consiguiente, también viene al mundo –si bien de un modo cuantitativo- cada vez que un individuo pecaLa diferencia entre el bien y el mal surgió en el mismo momento de comer el fruto del árbol prohibido; y junto con esta diferencia apareció también la diversidad sexual en cuanto impulso. Ninguna ciencia puede explicar cómo sucedió tal cosa… El individuo posterior tiene  en su haber un determinado plus con respecto a Adán (merced a Cristo), y a su vez, cuenta dentro de ese plus con un más o menos respecto a los otros individuos, pero en todo caso sigue teniendo valor esencial el principio de que el objeto de la angustia es una nada…

 

Por tanto, estamos sujetos, presos a la servidumbre recurrente del pecado, por nuestro origen y por la reincidencia inevitable de la primera condena. Pero está la opción de la libertad, de escoger entre el bien y el mal, entre la esperanza hecha fe y la angustia vuelta nada. Sólo que esta sociedad postmoderna no cree en el pecado, aunque padezca la misma angustia ancestral, y emplea los paliativos de un desenfrenado hedonismo para aplacarla, negando la muerte como hecho irreversible, evitando enfrentarla como tema trascendental, armando una gigantesca tramoya de nuevas supersticiones para que no se piense en la muerte y para que la angustia se mitigue con drogas, fármacos, entretenimientos banales o mentiras de uso y consumo diario. Porque, volviendo al hijo de Copenhague: Mientras la realidad del pecado tiene asida una mano de la libertad en su helada diestra –como el Comendador la de Don Juan-, la otra mano libre gesticula con las ilusiones, los engaños y las elocuentes llamadas del hechizo…

 

-Si prescindimos de la metafísica y de la religión para encararnos con la angustia, llegaremos al mismo resultado- decía Micaela. Y si nos apoyamos en el mundo físico, la conclusión es la misma –agregaba-, porque somos como islas que han sido desgarradas del continente, sin sustentación ni seguridad, a la deriva… Tú me mostrabas un día el mapa de Chiloé, Moure, para que me percatara del telúrico desmembramiento del continente sudamericano en infinidad de islas y archipiélagos desperdigados hasta el Cabo de Hornos, en angustiosa geografía. Y yo retrucaba con el ejemplo del Cosmos, observado a través del mayor telescopio: incontables esferas flotando en el éter, curiosas formas romboidales, triangulares, alargadas, de las más diversas y arbitrarias grafías, que parecían extraviarse en colosales nebulosas. Y la misma angustia, Moure, la interrogación desolada que carece de respuesta: ¿De dónde venimos y hacia dónde vamos?

 

A mí me parece –así se lo dije a Micaela- que la angustia hecha desesperanza ante el sentido mismo de la vida puede transformarse en un móvil de acción, particularmente a través de las expresiones del arte, donde caminamos entre el filo de la Fe y el precipicio de la Nada. No hay más opciones que éstas… Porque quizá Dios sea el continente, Micaela, que acogerá en su seno a todas las islas que deambulamos por el universo, salvo que nuestro destino sea esos agujeros negros que tragan planetas y estrellas, que degluten energía y parecen ahogar la luz en su oscuridad insondable.

 

Micaela sonreía, sabia y escéptica a la vez. Me recordaba a aquel amigo lejano que un día me recprochó: “No puedes liberarte de la idea de Dios”; a lo que respondí, como si fuese yo Kazantzakis: “Es Él quien no puede prescindir de mí”. Micaela se levantaba de la mesa para coger la botella de orujo gallego y escanciar las copas. –Con esto no hay angustia que sobreviva- decía, y bebíamos hasta el amanecer, mirando desde los altos de Dalcahue las verdes islas del archipiélago mágico, donde viven los mejores sueños, aun los caídos.

 

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