Las caras y las arcas, de Sergio Infante

El más reciente poemario de Sergio Infante R. es una trilogía compuesta por Epifanía y trastienda, Alameda almenada y Oculto en el doble fondo, poemarios que Catalonia edita en un solo volumen. Los recorre el Gran Rasca, cuyo paso deja las engañosas huellas de las relaciones de poder a toda escala. El Gran Rasca –a quien ya habíamos divisado en otros libros de Infante– ahora copa los escenarios encarnándose en quien estime conveniente, tanto en un luminoso palacio, en un patio escolar o en un abyecto cuchitril como mediatizado por una pantalla o por una zarza ardiente. Aparezca donde aparezca, El Gran Rasca trata de encubrir con aires de megalómano las notorias chapucerías de su quehacer, actitud que termina por revelar nuestra puesta en el mundo y el actual relegamiento de la ética. Al mismo tiempo, revive la vieja pregunta de quién es imagen y semejanza de quién, enigma animado por el contrapunto de la creación y de la muerte.
Como en otras obras de este autor, en Las caras y las arcas se aprecian las alusiones literarias y míticas, clásicas y populares, y una buena dosis de humor que no impide la profundidad de los poemas.

Poemas de la trilogía Las caras y las arcas, de Sergio Infante

Del libro primero: Epifanía y trastienda

No hay por qué preocuparse

En el asiento de la ventana
se acomoda un tipo
igualito al pelado Lenin.
Sin embargo, no anda
pasado a formalina
este pasajero parecido
o aparecido. Más bien
huele a sujeto que se rasura
con Acqua di Parma
las mejillas,
la papada,
los lindes de la pera
inconfundible.

¿Habrá resucitado?
En tal caso, ¿qué será de nosotros?

Le ofrezco media espalda,
me encorvo
como si me urgiera estornudar
y miro hacia la cola del avión,
puede que Trotsky o Stalin
se hayan trepado a obstruir
la salida de emergencia
(poco importa cuál de los dos,
con estos gallos nunca se sabe).

Por fortuna ya están repletos
los asientos del fondo.

Me concentro en Vladimir Ilich.

Se le sonríe la máscara al pelado
aunque le falta la facundia
con que sale en esa escena
–robada años después y rodada
para el malo en una de James Bond–
donde tiene un gato en las rodillas.

Se le agita la calva (adivino
candelillas mesiánicas en esa sonrisa
que se achina en los ojos)
cuando me mira y grita:
¡Bingo! ¡Bingo!, ¡Bingo!,
señalándome unas cifras
sobre el papel ahuesado
de un suplemento cambiario.

Anuncian que vamos a despegar,
es cosa de ajustarse el cinturón.

 

En medio de cierta impunidad

—Chanta, nos pasa por rascas—
me larga el Gran Rasca.
Le queda suelto el disfraz de sabueso.
Igual me ataca a dentelladas.
—Por modestia disimulo mi condición de mastín—
argumenta entre un mordisco y otro.
Aprovecho la verborrea de esas pausas y escapo.

Doy con un patio recién barrido,
un patio en el lunes de una escuela.
Bien al centro el mástil,
la bandera izada a tope.
Juro, desde lo remoto de un saber,
que basta el mágico flamear de esa bandera
para que mis heridas restañen a la perfección.

Cómo escuece el desengaño
y qué poco tarda en llegar.

—¡Huichi pirichi! ¡Naca la pirinaca!— retumban
burlonas las voces de un corro fantasma.

Visualizo al Gran Rasca: un san Bernardo.
Prolijo, lame mis heridas. Me ofrece un coñac.
—Ahora entiendo, Gran Rasca, que al decir
somos rascas te referías a nuestro país—
hablo agradecido, iluminado por el alivio.
—A la humanidad entera— me corrige
alejándose en un cachorro que mueve la cola.

 

Poema del libro segundo: Alameda almenada

4
Imposible extraviarse con esta apacheta,
venerado umbral de cuatro caminos.
Plaza ineludible. Señuelo
y señal en correntosas calles,
tan válida como la Cruz del Sur
para el timón insomne y el sextante.

Pero ¿qué gano ahora con hallarla
asaltada por hordas futboleras?

La inmediata pulsión de mi repulsión
deja fuera de juego a mi bufanda,
le impide ocultar cuánto me retumba
en las entrañas ese alud rencoroso
en los bombos, pitos y gritos;
las insignias, los lienzos, las banderas
que se agitan al celebrar o vengar
al equipo del alma desalmada;
la piedra en el aire, la navaja,
o la bala, hacia la hinchada rival:
ese espejo defectuoso que los refleja
con otros colores en las camisetas.

Vine por lana a la mandala y saldré,
de una tierra de nadie, trasquilado
por hormigas legionarias, marabuntas
que ofenden la obra del Amantísimo.

¿Y si fueran parte de Su Plan Infalible?

Se lo preguntaré. Se lo preguntaré
antes del alba. Se lo preguntaré
sin que esta vez los ángeles custodios
me muelan a palos en los pórticos
de los ministerios o me suplanten
el secreto, el camino, la luz al fondo.
Esta noche misma, se lo preguntaré,
en cuanto nos veamos uncidos
por un arco voltaico. No voy a renunciar.

Con sigilo me alejo de esta plaza.
Las hordas futboleras lo adivinan
porque también adivinan el bullir
vinagre, los caudales y afluentes
que se desbordan en mi interior
como otra secuela de sus campeonatos.

Me han delatado los tics en mi cara,
y las hordas quieren enmendarlos.

Consigo esquivar algunos botellazos
y echarme a correr calle abajo.

No dejo de correr
ni cuando dejo
impresa en la bufanda
mi quijada sangrante.

Poema del libro tercero: Oculto en el doble fondo

10
¿Ya olvidas, sesos con ansia?
¿Dónde gastas la memoria?
No estriles por los coscachos,
te pasas de olvidadizo,
te mando que comas pasas,
que retengas lo que dicto
y después no haya respingos
si en mi voz arde la zarza.
Andas saltón porque olvidas.

Acuérdate, soy el que soy.
¿Quien alumbra tu camino
o quien ciega tu mirada?
Este acertijo dibuja,
como la aurora a los cerros,
la primigenia invención,
la recurrente y la ubicua,
una explosión en cadena.

Dime cómo se llamaba
el árbol del que bajaste
antes de mi primer día.
Dime si su nombre fue
además mi primer nombre
o preferiste el del pájaro
que cantaba entre sus ramas
o el del sol mucho más alto
o el del ñu, abajo en la sombra,
o el nombre de aquella fiera
que te hacía retroceder
hacia la copa del árbol.

Dime cuál era mi nombre
cuando a tu mujer culpaste
la cobardísima vez.
Dime cuál era mi nombre
cuando ciego condenaste
la sumarísima vez.
Dime cuál era mi nombre
cuando en mi nombre mataste
la primerísima vez.

 

Sergio Infante, Santiago de Chile, 1947, escritor y profesor universitario, ha publicado los siguientes libros de poemas: Abismos Grises (Santiago de Chile, 1967), Sobre Exilios/Om Exilen (Edición en español y sueco, Estocolmo, 1979), Retrato de época (Estocolmo, 1982), El amor de los parias (Santiago de Chile, 1990), La del alba sería (Santiago de Chile, 2002), Las aguas bisiestas (Santiago, 2012), Las caras y las arcas (Santiago, 2017). Su obra lírica, además, puede encontrarse en antologías, como la de Soledad Bianchi, Viajes de ida y Vuelta. Poetas chilenos en Europa (Santiago, 1992) y la reciente de Teresa Calderón, Lila Calderón y Thomas Harris, Antología de poesía chilena I La generación de los 60 o de la dolorosa diáspora (Santiago de Chile, 2012) y tanto en revistas y periódicos de Europa e Hispanoamérica como traducida a otras lenguas. En 2008 apareció en Santiago su novela Los rebaños del cíclope. Ha participado en eventos internacionales, como el Poesidagarna, Malmö, Suecia, 1999, el Salón Iberoamericano del Libro en Gijón, en 2004, el Chile-Poesía, en 2005, el Festival Mundial de Poesía de La Habana, en 2007, Primer Corredor Poéticas del Sur, Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, en 2008, en el Festival Internacional de poesía KRITYA, en Wardha, India, 2013. Infante, que reside en Suecia desde 1975 donde llegó como refugiado político, es doctor en Filosofía y Letras y fue profesor titular en el Departamento de Español, Portugués y Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Estocolmo. Es, además, autor de la tesis doctoral El estigma de la falsedad. Un estudio sobre Yo el Supremo de Augusto Roa Bastos (Estocolmo, 1991) y de varios artículos de crítica literaria. En 2002 recibió el Premio Cóndor, en mención Literatura, como reconocimiento a su obra poética.

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