El Último, novela de Omar Saavedra.


Presentación de la novela
Por Jorge Calvo

Me encuentro ante ustedes con la misión especial de presentar esta notable novela que lleva por título El Último. Y, quiero comenzar contando, a modo de anécdota, que el día que mi amigo Gonzalo Contreras de Editorial Etnika me pidió que presentara esta novela, obviamente le pregunté de qué trata. De forma breve respondió: Un puñado de militantes de izquierda que retornan al sur de Chile, forman un guerrilla para terminar con la dictadura; son traicionados, atacados y asesinados. Y, solo uno consigue sobrevivir –casi de milagro- y, esperando la llegada de refuerzos permanece oculto por más de veinte años en la región cordillerana. Concluyo con esta frase: En la novela el traidor se llama Tito Ambuero. Entonces pregunte: bueno y por qué yo. Su respuesta fue de una simplicidad lapidaria: Porque eres uno de esos últimos. Al igual que muchos otros. Y esta frase que, ahora, puede producir risas e incluso hasta sonar algo rimbombante espero que pronto, con el correr de la presentación, adquiera el pleno significado que permita comprender a qué me refiero.
En cierto modo yo voy a hablar por Samuel Huerta Mardones que es el nombre del único sobreviviente.
Tito Ambuero puede ser un nombre que convoca resonancias fáciles. Sin embargo en la novela surge otro nombre que me hace reaccionar y no creo que sea casual considerando la historia de Omar Saavedra -que proviene de la Quinta Región-, me refiero a unos de los personajes más importantes del relato que actúa bajo el apodo o la chapa de Callulla. En los remotos años del Gobierno Popular conocí a un hombre que respondía a estas características y su nombre era Roberto Carmona, luego del Congreso de la Jota del año 1972 asumió como Secretario Político del Regional Capital y en condiciones de clandestinidad fue detenido por el siniestro Comando Conjunto donde operaba el tristemente célebre Fanta. Callulla cae junto a Martin Pascual, son torturados y suceden cosas siniestras, finalmente Callulla sale al exilio en Suecia donde, al poco tiempo, fallece de cáncer en una situación dramática. Y pienso que esta novela al usar su apodo en cierta forma le rinde un homenaje póstumo.
Comprendo que estas últimas palabras pueden caer como un balde agua fría, pero sucede que desde un buen rato este es un país con dos historias, una versión triunfalista que solo se comprende desde la óptica de la impunidad de los vencedores. Y considera la dulce patria como tierra de exitosos jaguares. La otra versión es sin duda una historia que ocurre en penumbras, de clandestinidades, sufrimientos y actos de heroísmo. Una historia impulsada por seres humanos (hombres y mujeres) que jamás han perdido la esperanza de que, en algún mañana, el hombre libre desfile por las grandes Alamedas. Y, la historia del puñado de militantes que sucumbe en estas páginas obedece a esta realidad. No de otro modo se comprende la metáfora que nos refiere El Último.
Para quienes siguen de cerca las noticias y han leído los libros testimoniales escritos sobre el periodo o han visto los documentales que se han filmado, como el de calle Santa Fe, fácilmente podrán encontrar analogías entre esta novela y lo ocurrido en Neltume, donde un puñado de jóvenes miristas, al calor de la Operación Retorno, regresan del exilio luego de recibir formación militar en la ex URSS o en la RDA o en el célebre Puesto Cero, retornan también luego de recibir su bautismo de fuego en campos de combate, han pasado por Angola, Esteli y otros puntos candentes de Centro América, Traen experiencia, vienen fogueados, conocen de barretines, camuflaje, de cómo organizar la logística de los contactos, algo de chequeo y contra chequeo, establecer redes, y técni9cas para mimetizarse. Inclusive hasta de los vietnamitas han aprendido el arte de cavar túneles y de lucha subterránea- Ingresan al país dispuestos a crear un foco guerrillero contra la dictadura. Se instalan en aquella zona boscosa y empiezan gradualmente a operar en las tareas de instalar –dislocados- al menos tres campamentos o centros desde los cuales organizar las escaramuzas. Son descubiertos en junio de 1981, el grupo guerrillero inicial -que llevaba menos de un año en la montaña- es cercado por el ejército que logra aislarlo, cortándole las líneas de comunicación y abastecimiento con sus contactos en las ciudades.
La derrota se desencadena a fines de agosto y culmina en octubre de 1981. Tres guerrilleros son capturados, torturados y asesinados. Otros seis mueren en combates y emboscadas. Dos fueron capturados en febrero del 81 en el lado argentino de la frontera y entregados a los servicios de seguridad de Chile, que los hicieron desaparecer.
Hasta aquí la Historia real de lo sucedido en Neltume, donde a lo largo de algunos meses se enfrentaron combatientes del MIR y las boinas negras del Batallón Llancahue. En el terreno de la ficción la novela genera un nuevo escenario al introducir un elemento ficticio, quizá inesperado, pero no inverosímil. A consecuencia de estos enfrentamientos sobrevive, Samuel Huerta Mardones, un joven guerrillero de 22 o 23 años. Queda solo, consigue ocultarse y echando mano a comida enlatada, raíces, conejos y roedores logra sobrevivir, mientras aguarda la llegada de refuerzos. Espera a sus compañeros en la retaguardia que en cualquier instante, cumpliendo un juramento histórico pueden aparecer. Samuel Huerta Mardones al igual que un soldado japonés encontrado en una isla del pacifico muchos años después de terminada la Guerra queda solo y abandonado, él carece de noticias, se encuentra aislado y es el último hombre dispuesto a entregar su vida para recuperar la patria de las manos de la dictadura. Samuel Huerta Mardones jamás llega a enterarse del tan cacareado regreso de la Alegría, ni de la caída de la Unión Soviética y del estruendoso fracaso de los socialismos reales. Samuel Huerta Mardones nunca supo que sus compañeros jamás irían porque ahora integran el gabinete de la concertación.
Un par de décadas más tarde Samuel Huerta Mardones en estado comatoso, al borde la muerte, casualmente es encontrado por unos trabajadores que recorren la zona. Lo rescatan, y lo traen de regreso a la civilización. La noticia estalla como una bomba en el mundo político, un guerrillero ha sobrevivido. Aquí se inicia el relato, in media res. Y la novela viaja en dos direcciones, por un lado reconstruye el pasado entregando detalles sobre el origen de este grupo guerrillero y, por otro lado, va examinando las consecuencias que plantea para el nuevo escenario político chileno la inesperada aparición de un ente prehistórico, al que se vuelve indispensable encajar en la nueva posmodernidad.
Ahora me gustaría plantear algunas reflexiones de carácter ético e inevitablemente debo mencionar al escritor Albert Camus Premio Nobel de Literatura y director del periódico Combat en los días que participa en la resistencia francesa en la lucha contra el nazismo: Camus considera que ciertos valores éticos inherentes a la condición humana son a tal punto esenciales que frente a ellos no existe elección alguna. Él dice a modo de ejemplo; yo no puedo pertenecer a un partido que lo obligue a elegir entre su madre y una ideología. Siempre elegirá a mi madre Y esto es básico. La actitud moral de Camus es que frente al absurdo de existir en esta realidad, lo único posible es el privilegio de ser cada uno, en una fraternidad absoluta con el prójimo. Camus califica el despertar del hombre como la conciencia de vivir entre los muros del absurdo. Camus rechaza y repele la violencia del conquistador porque lo aniquila y aniquila a otros humildes de los cuales se siente carnalmente solidario. En su discurso de recepción del Premio Nobel señala: “El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo hacia los demás, equidistante entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso, los verdaderos artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar. Y si han de tomar partido en este mundo, sólo puede ser por una sociedad en la que, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual. Por lo mismo el papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren.” La posición de Camus es que la única actitud ética posible es estar junto a quienes sufren.
Esta premisa nos conduce a otro hombre notable, a quien voy a citar, se trata de Salvador Allende, quien en uno de sus últimos discursos aquel día 11 de septiembre dijo: “Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la Patria… Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos,” Y respecto de las razones que lo impulsan a actuar de este modo en otra parte señala: La situación es crítica, hacemos frente a un golpe de Estado en que participan la mayoría de las Fuerzas Armadas. En esta hora aciaga quiero recordarles algunas de mis palabras dichas anteriormente, “se las digo con calma, con absoluta tranquilidad, yo no tengo pasta de apóstol ni de mesías. No tengo condiciones de mártir, soy un luchador social que cumple una tarea que el pueblo me ha dado… sin tener carne de mártir, no daré un paso atrás. Que lo sepan, que lo oigan, que se lo graben profundamente: dejaré La Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera, defenderé este Gobierno porque es el mandato que el pueblo me ha entregado. No tengo otra alternativa.
Pudo subir al avión que le ofrecían y volar a México, a la Habana A Paris, pero su altura moral no le deja alternativa.
Y para concluir esta mirada a la actitud ética que han tenido ciertos hombres en la Historia de la Humanidad citare a Espartaco, en especial la versión fílmica de Stanley Kubrirk, basada en la novela histórica homónima de Howard Fast. Y, protagonizada por Kirk Douglas, Laurence Olivier, John Gavin, Jean Simmons, Charles Laughton y Peter Ustinov, entre otros. Es bueno recordar que esta película se filma al inicio de la Guerra Fría y en pleno periodo de represión de actividades anti-estadounidense, impulsada por el Senador republicano Joseph McCarthy en USA.
Todos conocen la rebelión de esclavos ocurrida en la Roma Imperial, antes de Cristo, un puñado de gladiadores cuyo destino seguro era morir combatiendo en la arena para diversión de los nobles romanos, inician la insurrección de esclavos más grande y significativa ocurrida en la Historia de la Humanidad, muy pronto se unen otros esclavos y se convierten en una horda en armas que se desplaza por el sur de Italia apoderándose de pueblos y haciendas. El poder romano se ve seriamente amenazado y hace traer legiones de ultramar para controlar la situación. Espartaco considera la posibilidad de arrendar unos barcos piratas para sacar a sus esclavos fuera de la península itálica. Llegado el día el representante de los piratas se presenta a decir que eso será imposible… Grandes poderes en Roma han negociado que los esclavos no huyan. Pero le ofrece sacarlo a él y a su grupo de seguidores, es posible conducir un pequeño grupo a la libertad.
La respuesta de Espartaco es categórica, “Esa libertad no existe. Nunca existió, La única libertad posible es la muerte. Y él solamente tiene la posibilidad de elegir entre morir en la arena como espectáculo para los nobles o morir combatiendo por su dignidad de hombre. No tiene alternativa.
Al final, luego de un encarnizado combate el general romano se pasea entre los esclavos sobrevivientes preguntando Quién es Espartaco. Y los esclavos comienzan a ponerse de pie y responden: Yo soy Espartaco, yo soy Espartaco. Todos se ponen de pie. Y, cada uno es Espartaco. Y saben que espera la muerte: Pero la muerte nos espera a todos.
En ocasiones para salvar la dignidad no existe alternativa.
Cualquier tarde, en cualquier esquina nos encontraremos con la mirada de un hombre, una mujer, un niño que no tiene ninguna posibilidad de cambiar la miserable existencia que este sistema le impone.
Entonces cuando ustedes compren y lean esta novela comprenderán mejor la decisión que toma Samuel Huerta Mardones, El último, luego de considerar las opciones que sus amigos en el gobierno le ofrecen.
Gracias Omar por permitirme estas reflexiones a propósito de la lectura de tu novela..


EL ÚLTIMO
(Pocas palabras)

Reconozco que esto de andar presentando libros en sociedad, me confunde bastante. Y esta confusión se convierte en sofoco cuando se trata de libros propios. Aclaro que no se trata de un exceso de modestia, sino más bien de falta de inventiva. Puedo asegurar, sin temor a ser imputado como mentiroso, que no se me ocurre que decir sobre él. Yo solo lo escribí; esto corresponde exactamente a la mitad del trabajo que significa todo libro. La otra mitad es la más difícil: encontrar lectores que se hagan cargo de su lectura. Aquí, en este país, una cuestión harto azarosa, digamos. Así las cosas, permítanme estos breves minutos para decir algo sobre el tiempo. Un tema actual desde siempre que poco ha perdido de su carácter salvavidas para rescatarlo a uno en momentos como este, cuando se busca algo plausible que decir. No me refiero, claro está, al tiempo como palenque de metafísico o como cuarta dimensión, y menos como motivo hiperliterario. Hablo nomás dese tiempo chico que nos toca vivir en los días y noches que corren en este país (también chico) al que, por razones casi esotéricas, yo y tantos insistimos en llamar “nuestro”, a pesar de que ha aumentado la desconfianza por la autenticidad y vigencia de este derecho de propiedad. Si fuera yo un pesimista (es decir, aún más pesimista de lo que soy), para referirme a este tiempo podría escapárseme un exabrupto coprolálico, lo que sería sin duda un exceso. Mejor digamos entonces que hablo de un tiempo para llorar a gritos y un tiempo para matarse de risa; un tiempo de abrazar a algunos perdedores y abstenerse de abrazar a algunos vencedores; un tiempo de tragarse las palabras y tiempo de escupirlas; un tiempo de bailongo y otro de velorio; un tiempo para levantar esperanzas y un tiempo para derribarlas. Etc. (O sea, si lo miramos bien, este tiempo chileno actual es resignadamente bíblico). Y como todo tiempo, también este nuestro de hoy proviene de un ayer. (Dice Eric Hobsbawm: “[..] si queremos comprender de qué modo el pasado se ha convertido en presente, hemos de comprender también nuestras complejas relaciones con este pasado, que incluyen tanto la necesidad de transformarlo, como el deseo de mantener, de establecer e incluso inventar una continuidad”).
A propósito desta intrínseca cualidad pretérita de todo tiempo actual y, por ende, de todo tiempo por venir, en un ecuménico twitter urbi et orbi de fin de año, un presidente electo de cuyo nombre no quiero acordarme, afirmaba que “el pasado ya está escrito”. Es una frase comercial que hasta hace poco anunciaba la nueva temporada de una conocida y eterna serie de televisión, lo que por supuesto carecería de toda importancia, si el susodicho no la hubiera dicho en serio. Como tantas afirmaciones que aspiran a la categoría de verdades axiomáticas, es esta una afirmación que ofrece varias lecturas. En este caso, y teniendo a la vista y en la oreja tantas otras similares pronunciadas por la misma lengua, estas lecturas han de ser mucho más cuidadosas. No digo esto por pura bronca o mala leche en contra del Elegido, sino por simples razones empíricas y estadísticas que resultan de su biografía (en la que, como sabemos, muchas de sus páginas son fojas procesales). Por supuesto que, en este país, dar el pasado por escrito no es más que una otra variación eufemística de aquel apremio permanente de la derecha de arsénico y encaje antiguo por dar vuelta la página; por el “un-dos-tres-pasó la vieja”, por el vista al frente y al trote march. Pero sería menester agregar que la larga y calculada machaconería de esta insistencia ha sido y es una empresa eficaz, cuya rentabilidad ha ido aumentando en la misma medida en que crece nuestra estulta indiferencia ante un pasado que sigue ahí, vivo y pataleando, uno que insiste en hablarnos y advertirnos. Nos guste o no, digamos que no son pocos los que se empecinan en silenciar esas voces que nos llegan desde atrás; firmemente decididos a enterrarlas, presurosos, bajo una capa de tierra como hacen los gatos con sus excrecencias. Creo que tales esfuerzos reflejan algo del Zeitgeist chileno actual, más atareado que nunca en evitar todo aquello que pueda perturbar la ensordecedora trivialidad, digitalizada o análoga, con que desfiguramos afanosos una precaria y difusa identidad (o el restito de lo que va quedando de ella). Glosando al poeta tanguero Homero Expósito, pareciera ser que vivimos un tiempo en que “se cuidan los zapatos andando de rodillas”. Otro escribidor (no de tangos, sino de doctas opiniones dominicales) afirma por su parte “que la evidencia muestra que los procesos de modernización capitalista incrementan el bienestar de las mayorías históricamente excluidas”. Es posible que tenga razón, pero me parece que tal incremento corre a parejas con el visible detrimento de algunas funciones humanas que se han demostrado intrínsecamente esenciales en el proceso de esa otra modernización histórica y de aquel otro bienestar, algo que aquí en el bajo vulgo conocemos como cultura. Entre esas muchas funciones “humanoides” está eso que llamamos – a falta de una palabra mejor- imaginación. Es dable suponer que sin ella, no habría literatura, ni arte, ni música, ni ciencia, tampoco política ni religión y mucho menos, poesía de amor.

Me permito esta digresión, porque creo que ese reciente pasado chileno del que hablamos y al que se desea ponerle una definitiva lápida sin epitafio no es un territorio yermo poblado solo por muertos, desaparecidos y horrores inimaginables, sino él fue, además, un hervidero de ideas irisadas, una plétora de imaginerías sublimes, un atiborramiento de proyectos desbocados. Es verdad que de ese pasado no es mucho lo que queda: apenas unas borrosas fotos en blanco y negro que amarillean mustias en nuestros álbumes, en que nos vemos sonrientes y con el puñito en alto, junto a girones de un panfleto donde se deletrean con dificultad las palabras “queridos compañeros”, con un clavel rojo aplastado entre las páginas, seco y sin olor. Pero también todo eso debe desaparecer, según algunos. Por eso ahora nos dicen que sin esas ideas, sin esas imaginerías, sin esos proyectos, sin esas absurdas patrañas, nos habríamos ahorrado todos esos muertos, todos esos desaparecidos, todos esos horrores. Por lo tanto, nos avisan, si no queremos tropezar otra vez en la misma piedra y seguir adelante, hay que dejarlo todo eso atrás, sepultado en la fosa honda de la desmemoria. Esta meliflua invitación no es privativa de carcamales de peluca y pañales o de business millennials de sonrisa dentífrica; no, ella es parte también del discurso actual de los que ayer comandaban las descomedidas huestes de los que quisieron tomar el cielo por asalto. No deja de ser una esperpéntica curiosidad escuchar hoy a los profetas que ayer describían para nosotros con pasión inigualada el color de la esperanza, hoy, con moral de gelatina, nos invitan a quemar lo que ayer adoraron con la misma intransigente vehemencia con que hoy adoran lo que ayer quemaron. Quizás demasiados de los que ayer, desde su altura prometeica, avizoraban para nosotros la tierra prometida de la justicia y equidad de los hombres libres, hoy nos dicen con humor alopécico que el político con visiones debería ir al oculista o consultar un psiquiatra.
Por otro lado, resulta ciertamente grotesco escuchar que los que declaran el pasado por escrito, reiteran, con el mismo aliento, sus intenciones de corregirlo. Con todo desparpajo anuncian su decisión de persistir en su exigencia que la mujer retome los deberes bíblicos para los que fue creada; de repacificar la Araucanía con los viejos y siempre convincentes métodos de Cornelio Saavedra; de extender la jornada laboral de los chilenos asalariados a los niveles de hace cincuenta años; de poner fin a la “industria del chantaje” como se le llama a las pocas medidas que aún existen para la protección del medio ambiente; de declarar la impunidad fáctica de rufianes con fuero parlamentario o de cuello y corbata. Y si despegamos la mirada de nuestro cochinito ombligo provinciano y observamos lo que ocurre en no pocas de las míticas civilizaciones del Norte Grande y de la vieja Europa nos es posible observar que también allí, esa sordera y esa ceguera ante lo apenas recién pasado hacen estragos electorales y amenazan otra vez esas democracias que hasta hace poco creíamos invulnerables. Bueno… en fin… Todo esto me hace barruntar –y con esto termino- que en alguna parte nos equivocamos. Con una perplejidad muy parecida al temor, comienzo a sospechar que los que sosteníamos con toda fachenda que la rueda de la historia no da vuelta atrás, al parecer no entendíamos mucho de historia ni de ruedas. Acaso el frágil quehacer de la escritura y la lectura nos ayude a encontrar otras posibles respuestas a las preguntas infinitas de las que están hechas nuestros días y nuestras noches.
Muchas gracias al editor deste libro, Gonzalo Contreras, muchas gracias a Jorge Calvo por su generosa presentación, muchas gracias a Enrique Fernández, por su apoyo primero, muchas gracias a ustedes.

Omar Saavedra Santis
19 enero 2018

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