EL TIEMPO DEL OGRO de Diego Muñoz Valenzuela

– Invitación lanzamiento

Los cuentos que conforman EL TIEMPO DEL OGRO integran en una mirada caleidoscópica diversas experiencias en los años de la dictadura militar: la persecución y la tortura, el trabajo clandestino de la resistencia, la cruenta acción de los servicios de inteligencia, la lucha para recuperar la democracia perdida y añorada. Algunos relatos abordan las consecuencias de las profundas transformaciones realizadas al alero de la tiranía, las mismas que hoy en día continúan atenazando el presente y el futuro de nuestro país.

Historias donde confluyen amor, humor, sexo, miedo, música, imaginación, monstruos reales y héroes anónimos pueblan estas páginas que constituyen un retrato de una época que marcó a fuego a Chile. Fantasía y memoria, ficción y realidad se entremezclan para construir una imagen, tal vez un espejo, donde el lector podrá imaginarse a sí mismo inserto en la trama que derivó del quiebre institucional de 1973.

“Diego Muñoz Valenzuela es un escritor emblemático de los ’80. Su maduración literaria se fragua con la dictadura: retrata un mundo de sombras, de personas aisladas y a la vez perseguidas por fantasmales aparatos represivos”, señaló el diario La Nación el 11 de julio de 2004.

EL TIEMPO DEL OGRO viene a ser una lectura imprescindible para el lector que desee conocer o ahondar en la experiencia de una dictadura militar que dejó cicatrices y horrores imborrables que marcaron nuestra historia con su impronta terrible

 

El tiempo del ogro

 

A todos aquellos que nos extraviamos en la neblina densa y terrible

del tiempo del ogro, en especial a Remigio y Héctor que permanecerán

en este texto un tiempo más y ojalá –no pierdo la esperanza- para siempre

 

Se encontraron a unos escasos metros del fragor de la avenida Irarrázaval a fines de aquel año tan intenso en tristezas y terrores. De ese modo, constituía una inmensa alegría cruzarse con alguien conocido allí, constatar que la vida seguía irradiándolo con su milagro. Remigio le dejó caer sus ojos achinados y pícaros, destilando la felicidad de verlo y Héctor le devolvió la mirada desesperanzada de un muerto en vida. Aquello puso en alerta a Remigio: algo no andaba bien.  Venían caminando en sentido opuesto y por mero instinto aminoraron el paso imperceptiblemente, como si quisieran despistar a un observador invisible.

A partir de ese momento, todo transcurrió en cámara lenta y comenzó a grabarse de manera indeleble en la memoria de Remigio. Imágenes que iban a acompañarlo durante su vida, a insertarse en sus sueños, regresar súbitamente a su rutina en los momentos felices, como para resquebrajarlos.

Héctor dio un paso y le ofreció sus grandes y cansados ojos de borrego triste. Estaba exhausto de sufrir: eso le dijeron aquellos ojos a Remigio y no fue necesario que describiera los espantos a los que había sido sometido. Aquella mirada tenía la elocuencia de un relato extenso y vigoroso. Héctor denegó con el rostro varias veces mientras elaboraba un nuevo paso, levantando una pierna que pesaba media tonelada.

Le cuesta caminar, pensó Remigio, como si transportara el mundo completo sobre sus espaldas. Tan afligido, tan exhausto, tan vencido, eso concluyó Remigio. Sin embargo, aún se da maña para advertirme. Para salvar mi vida. Aquello meditó Remigio mientras daba su propio paso hacia Héctor, uno que acortaba aquella enorme distancia entre ambos, aunque quedaban apenas unos metros para que se cruzaran por última vez.

Héctor movía los labios y emitía mensajes inaudibles que Remigio tuvo que descifrar o imaginar, combinando ambas habilidades. Aquellos movimientos le revelaron el horror oculto detrás de los parabrisas reflectantes, las ventanas cerradas a machote, los sótanos inaccesibles donde reinaba la noche eterna.

Ambos dieron sendos pasos para acercarse, aunque la distancia entre ellos se tornara imposible de transitar. Remigio recordó que Héctor había cumplido dieciocho años unos días atrás; se llevaban apenas unos meses. No era una edad para vivir esta clase de cosas –esa idea le vino a la mente- ¿pero qué más podían hacer? Ellos no habían escogido el camino a seguir. Y cada vez que la vida les ofreció una nueva disyuntiva nueva en aquellos tres acelerados años, escogieron en conciencia.

Sólo les quedaba seguir caminando. Eso lo sabían ambos. Lo tenían perfectamente claro. No había alternativa. Y aspiraron el aire de aquella mañana fresca para inflar sus pulmones con oxígeno y seguir viviendo la clase de vida que les correspondió. De modo que avanzaron; ahora estaban apenas a un par de metros. Podían verse muy bien.

Héctor no se había afeitado en varios días y las ojeras delataban sus padecimientos. No obstante le sonrió. Era una sonrisa amarga y tierna, cargada de amor, pero sobre todo de coraje. A Remigio el corazón le saltó dentro del pecho: una emoción sorda, ciega y violenta comenzó a nacer en su interior. No podía ser que las cosas fueran así. Era inaceptable: era preciso hacer algo.

Sin borrar aquella sonrisa de su rostro, Héctor volvió a denegar mientras daba otro paso, uno que los dejó a escasos centímetros. A Remigio le pareció que podía sentir la respiración acezante de su amigo; entonces vinieron las palabras susurradas.

“Me siguen, me tienen, me usan como cebo. Salen a pasearme, pero van de cacería. Vete del país en cuanto puedas. Mañana mismo”. Eso escuchó Remigio, alelado, con la piel de gallina, mientras daba el paso final, aquel que terminaba ese encuentro fortuito.

No osó darse vuelta para observar a su amigo alejarse camino de la muerte. No fue capaz, porque una suma de miedos se apoderó de él: que Héctor fuera a correr y lo mataran en ese mismo instante, que de la camioneta de vidrios oscuros que avanzaba a vuelta de rueda se bajaran los agentes para apresarlo, que a él le diera por ponerse a gritar que alguien los salvara, a gritar sus nombres para que se supiera qué había pasado. Pero nada podía cambiar la condena que pesaba sobre Héctor. Y lloró mientras caminaba alejándose de su amigo. Sus lágrimas caían en gruesos chorros mientras se aproximaba a la avenida, los ojos se le iban poniendo muy rojos y el sollozo le convulsionaba el tórax. Por suerte los hombres del furgón de inteligencia no percibieron su estado, ocupados como estaban de no perder de vista a Héctor.

Remigio caminó y caminó y caminó, hasta que salió del país, huyendo de aquella muerte implacable, hasta que llegó a París y luego a Marsella, donde se estableció y formó una familia. De allí vino de regreso a Chile un día caluroso de febrero, cuando nos contó esta historia terrible una larga noche, mientras esperábamos el auto que iba a llevarlo al aeropuerto de vuelta a Marsella.

Dijo que no reconocía al país que abandonó hacía tantos años atrás. Le respondimos que nosotros tampoco, aunque viviéramos aquí, mientras bebíamos un vino rojo y espeso. Fue como si el tiempo no hubiese transcurrido jamás y fuéramos los mismos adolescentes plenos de sueños y largas cabelleras desplegadas al viento.

Un día alguien contó que tras vivir un tiempo solo en París, Remigio se había suicidado, sin dejar explicaciones. Nos quedamos helados. O más bien congelados por el dolor, súbito, intenso, desesperado. Sin embargo, seguimos caminando. Dando pasos, adonde sea. No sé si huyendo o avanzando. Quisiera creer que alejándome del sufrimiento o de la fatalidad o de la muerte. También quisiera creer que acercándome a ellos: a Héctor y Remigio. Pero no lo sé. Sólo seguimos, sigo, caminando.

 


En su trayectoria como narrador, Diego Muñoz Valenzuela ha publicado once  libros de cuentos y microcuentos y cuatro novelas. Es miembro de la Generación del 80, que se inicia en las letras en dictadura militar. Libros suyos han sido publicados en España, Croacia, Italia y Argentina. Sus relatos han sido traducidos al croata, francés, italiano, inglés, ruso, islandés y mapudungun. Premio Mejores Obras Literarias del Consejo Nacional del Libro  en 1994 (cuento) y 1996 (novela).

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