Aquello que la historia no quiere recordar. Reescritura de una masacre [1]

Por  Sergio  Infante; Poeta, narrador y profesor de Literatura

Exclusivo para Cactuscultural.cl

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Escuela-Santa-Maria

El 21 de diciembre recién pasado se cumplieron 107 años de la masacre en la escuela Santa María de Iquique. Este trabajo –en el que se relacionan Historia y Novela, y asimismo Texto e Historicidad– fue escrito para la conmemoración del centenario de esta sangrienta tragedia, sin embargo lo que en él se plantea posee aún plena vigencia.

Hace cien años, el 21 de diciembre de 1907, tuvo lugar uno de los hechos más sangrientos de la historia de Chile, la masacre de la escuela Santa María de Iquique. Si se indaga sobre el número de víctimas, la respuesta oscila entre los 120 –que admitió cínicamente Silva Renard, el general que ordenó ametrallar a los huelguistas y a las mujeres y niños que los acompañaban (Echeverría 1999: 129)– y los más de tres mil que denuncia la tradición popular, esos tres mil seiscientos asesinados que aparecen en la “Letanía” de la Cantata popular Santa María de Iquique, de Luis Advis (1970), el texto más difundido sobre el tema. Las investigaciones más acuciosas sitúan en alrededor de dos mil el número de muertos en aquella huelga pacífica de obreros del salitre, dirigida por anarquistas y por miembros de las mancomunales obreras, en la que apenas se pretendían unas mejoras en los sueldos y en las duras condiciones laborales. Debe subrayarse que en cuanto ocurrieron estos hechos hubo una intención oficial de ocultarlos, tal puede verse en la intervención de un parlamentario:

Respecto a los sucesos de Iquique, que todos lamentamos, los diputados que deliberamos en esta Cámara, casa de vidrios a través de los cuales nos contempla el país entero, debemos trabajar porque más bien caiga sobre aquellos acontecimientos el manto del olvido, evitando de ese modo que se fomente la división de clases (en Devés 1989: 11).

 

Marcha_obrera_en_Iquique,_1907

Marcha obrera en Iquique,1907

Resultaría lato detallar, aquí, las causas que llevaron a miles de pampinos a dejar las oficinas salitreras dispersas en el desierto de Atacama y marchar hasta Iquique. Del mismo modo no podemos entrar en los pormenores que desencadenaron el ametrallamiento de la multitud concentrada en la Escuela Domingo Santa María y en la Plaza Montt. Baste con recordar que la economía chilena de entonces dependía en un alto porcentaje del salitre y que este se encontraba en manos de consorcios extranjeros, especialmente ingleses, para nada dispuestos a ceder frente a unas peticiones, por muy elementales que estas nos parezcan hoy día, como por ejemplo: el reajuste de salarios, la supresión del pago en fichas que solo permitían comprar en las pulperías ligadas a las oficinas salitreras. De igual manera debe tomarse en cuenta el grado de inocencia de un movimiento obrero aún incipiente, que confió en las promesas de los representantes del gobierno y no advirtió el carácter dilatorio de estas; que incluso vitoreó a los soldados cuando bajaron de los barcos, creyendo que, como buenos patriotas, venían a apoyarlos; a ellos, que eran el sostén de Chile, que sol a sol extraían su principal riqueza (cf.: Devés 1989; Portales 2004: 187-196).

cantata

Cantata

También, por razones de espacio, no podemos detenernos mucho en contar cómo los deseos de tender un manto de olvido en gran medida no se cumplieron, gracias a la tradición popular, a la prensa de oposición, a la honradez de ciertos cronistas, a la labor diligente de algunos historiadores y al empeño de artistas y novelistas[2]. Con todo, cabe preguntarse si la masacre de la Escuela de Santa María figura, por ejemplo, en algún plan de estudios a nivel de enseñanza media. Quizá ahora, antes no recordamos haberla visto, como ocurre con casi todo lo que manche el mito de la democracia en Chile. Por eso, son valederas las palabras del “Pregón” en la obra de Luis Advis: “Señoras y señores/venimos a contar/aquello que la historia/no quiere recordar”. Por eso, estas palabras de la conocidísima cantata, que nos sirven de título, aparecen como epígrafe en la novela Santa María de las flores negras (2002), de Hernán Rivera Letelier, texto en que se centrará gran parte de nuestro análisis[3].

Tenemos el propósito de observar las relaciones entre novela e historia y, conjuntamente, estudiar, en el texto novelesco y a la luz de su propia historicidad[4], las propuestas estéticas e ideológicas que en él se manifiestan. Para ello compararemos la recién mencionada obra de Rivera Letelier con la novela Hijo del salitre, de Volodia Teitelboim, de 1952[5]. Como principal fuente historiográfica utilizaremos, Los que van a morir te saludan (1989), de Eduardo Devés Valdés, sin duda la investigación más completa sobre el tema[6].

Hijo del salitre

Hijo del salitre

Los cincuenta años que median entre el texto de Volodia y el de Rivera Letelier no constituyen un obstáculo para la comparación; por el contrario, sirven para destacar las diferencias que pueden surgir incluso cuando se aborda un mismo asunto histórico. Huelga decir que en ninguno de los dos casos se pretende ocultar o justificar la masacre; por el contrario, esta queda bien a la luz, pero las miradas de quienes iluminan sus episodios y a los actores de éstos difieren notablemente.

La primera diferencia está relacionada con el género. Hijo del salitre, a pesar de tratar un asunto histórico y de tener como protagonista a un personaje real, el dirigente comunista Elías Lafertte, es por sobre todo, una novela de formación, un Bildungsroman, como bien lo ha señalado Pedro Bravo Elizondo (Bravo Elizondo y Guerrero Jiménez 2000: 22). Se nos mostrará la infancia y la adolescencia de Elías. Después, lo veremos, ya joven obrero de las salitreras y actor aficionado, participar en la huelga, y salir fuertemente impactado por la matanza de sus compañeros; esto lo llevará a una toma de conciencia y a los pocos años terminará trabajando de lleno en política junto a Luis Emilio Recabarren. Santa María de las flores negras, en cambio, reúne algunas de las características que se le han asignado a la novela histórica más reciente, como la desacralización y la carnavalización, donde la risa liberadora, múltiple y popular, enfrenta lo sombrío sin que por eso tenga que restarle seriedad al asunto de fondo[7]. Los protagonistas de la novela de Rivera son imaginarios, representan un grupo de pampinos que participan en la huelga, sobreviviendo alguno de ellos; los personajes históricos ocupan un lugar secundario en la trama.

En cierto sentido las novelas comparten el mismo periplo en lo referente al conflicto laboral y a su trágico desenlace: desde su inicio, los

protagonistas se incorporan al movimiento en alguna oficina salitrera de la pampa, hacen la travesía hasta Iquique, esperan allí los resultados de las negociaciones, son testigos sobrevivientes de la masacre, saben que no deben callarla. Conviene agregar aquí que la cantata de Advis tiene en gran parte esta misma linealidad, que sin duda proviene del orden en que se desarrollaron los acontecimientos históricos.

Una diferencia notable estriba en el narrador que cada una de las novelas utiliza. En la de Teitelboim, se emplea un narrador externo de tipo omnisciente, quien comparte el foco con los personajes, especialmente con el protagonista:

Cuando cumplió siete años, Elías descubrió que le correspondía hacer de padre y madre en ausencia de los titulares. Aquel día aplicó severos correctivos y sendos mojicones a su hermana María Inés y, un poco más suaves a Luchito, en vista de que sólo tenía dos años y lo admiraba a él como a un semidiós que contestaba sus eternas preguntas. La abuela corrigió esa invasión de atribuciones, propinándole una paliza que lo hizo ver candelillas. Esto lo devolvió a una amarga sensación de infancia sin derechos (HS: 11).

El narrador de Rivera Letelier cuenta desde dentro de la historia, empleando un nosotros cuya voz se caracteriza por una tonalidad y un registro variable, pero que la mayor parte del tiempo se mantiene en lo popular y en el que se advierte la encarnación de un colectivo, una pluralidad marcada por el dialogismo:

El cambio de libra a ocho peniques nos había rebajado el sueldo en casi un cincuenta por ciento, mientras que en las pulperías, de propiedad de los mismos oficineros, el precio de los artículos había subido al doble. ¡Si una sola marraqueta de pan costaba un peso enterito! ¡O sea, la cuarta parte del salario nuestro de cada día, paisanito, por la poronga del mono! (SMFN: 17).

Esta voz colectiva será la destinada a contar lo ocurrido en Iquique aquel sábado 21 de diciembre, es la voz de los pampinos sobrevivientes, pero también la voz de las víctimas; en definitiva, la voz de los vencidos, vivos y muertos:

“No queremos ser más chilenos, mamacita linda, gritaban los hombrones. Y con los puños en alto escupían las mismas y maldiciones que escupimos los que caímos acribillados aquella tarde sangrienta; los que con el pucho en la boca y la incredulidad pataleando en los ojos tuvimos que morir para salvar “el honor y el prestigio moral” de los patrones; los que en medio de estertores expiramos renegando de Dios y de la patria, y en el fondo de las fosas comunes de ese cementerio en que fuimos enterrados como perros –cuyo mayordomo recibió una gratificación de trescientos pesos por no pedir los pases de rigor y mantener la boca cerrada–, aún seguimos revolcándonos y despotricando en contra de la hipocresía con se ha tratado de ocultar los millares de muertos de esa carnicería a mansalva […] (SMFN: 250).

¿Cómo dejar de leer este fragmento, y las líneas que le siguen en el mismo párrafo, sin relacionar los hechos de 1907 con lo ocurrido en Chile en septiembre de 1973? Una masacre se convierte en metáfora de la más reciente, se produce aquí una especie de enunciado metafórico, para decirlo parafraseando a Ricoeur (2000: 196); en ambos hechos históricos nos enfrentamos a la misma indefensión frente al poder militar y patronal. Por su parte, debido al carácter historiográfico de su texto, Eduardo Devés se permite hacer esta comparación de forma explícita, en la primera parte de Los que van a morir te saludan se lee:

Los que van a morir te saludan

Los que van a morir te saludan

Señalaba poco más arriba, como determinadas ideas habían dificultado a los huelguistas de 1907, la compresión del mismo acontecimiento en que se encontraban comprometidos y como determinadas actitudes habían impedido obrar con la suficiente eficiencia. Errores y torpezas provienen de una  fuente más o menos común y sobre ella misma se revirtieron, de ahí el fracaso del movimiento popular de Tarapacá a comienzos de siglo. En 1973 no fue tan diferente […] (ibid.: 211).Y, en relación con la ingenuidad de los obreros del salitre frente a las instituciones y las limitaciones de su movimiento reivindicativo, al finalizar su libro el historiador subraya:

Implicaría un estudio aparte detenernos a examinar los diferentes modos y las muchas veces en que Rivera Letelier recurre a sus fuentes historiográficas. De todas maneras mostraremos cómo las revela al lector mediante guiños donde la intertextualidad, el diálogo del texto con otros textos, se mezcla con el anacronismo, es decir, con expresiones, cosas o acontecimientos que no corresponden a la época de los sucesos históricos que se narran, sino que son posteriores a estos y suelen acercarse a la época en que la obra se escribe[8]:

[…] los huelguistas pampinos aclamaban al Intendente, un anciano de porte aristocrático, de pelo cano y bigotes de columpio. Era tanta la algarabía que, de pronto, su aire distinguido se vio gravemente tocado cuando la gente, rompiendo el cerco de los soldados, lo levantó y lo llevó en andas hasta la misma entrada de la Intendencia. […]

— ¡Los que van a morir te saludan, hijo de la grandísima! —refunfuña Olegario Santana al verlo pasar frente a él. […] (SMFN: 159).

El episodio de los obreros que, jubilosos, llevan en andas al Intendente corresponde al hecho histórico; hay anacronismo, sin embargo, porque –en el mundo real y no en la novela– lo refunfuñado por Olegario, aunque sin ‘el hijo de la grandísima’ imprecador, será pronunciado, referido ya a la masacre y citando incluso el original latino, por el político de oposición Malaquías Concha, como puede verse en el libro del propio Devés (1989: 142), libro cuyo título es lo que aquí Rivera Letelier pretende homenajear. El autor vuelve a emplear el anacronismo cuando alude la obra del doctor Bravo Elizondo, quien ha dedicado su labor investigativa, en el campo de la Literatura y de la Historia, al mundo de las salitreras. En la novela, el nombre de este profesor e investigador es reemplazado magistralmente por el de su abuelo materno:

[…] el hombre comienza a hablar diciéndole que hay que grabarse firme en la mollera cada detalle de lo que está sucediendo […]. Que después los mandamases van a querer echar tierra sobre esta masacre horrenda, pero ahí estarán ellos entonces para contársela a sus hijos y a los hijos de sus hijos, para que éstos a su vez se lo transmitan a las nuevas generaciones […]. Olegario Santana […] le pregunta cómo se llama.

—José Santos Elizondo —responde el hombre—. Soy miembro de la Mancomunal Obrera de Caleta Buena (SMFN: 237-238).

Obreros matanza-santa-maría

Obreros del Salitre

Se produce un anacronismo porque, en el mundo real, José Santos Elizondo llegó a Iquique en 1818 (Bravo Elizondo y Guerrero Jiménez 2000: 9). Es sintomático que estas alusiones a la obra de Valdés y de Bravo Elizondo aparezcan unidas a Olegario Santana, el personaje con que arranca y finaliza la narración. Aquí el anacronismo se está combinando con una forma soslayada de mostrar los materiales que sirvieron para crear la novela. Algo propio de una novelística más o menos reciente, aficionada a revelar en la obra los entramados, ficticios o reales, que se emplearon para la creación de esta, mediante el viejo recurso de la metaficción, que Rivera Letelier utiliza aquí con extrema prudencia y sutileza, tal puede verse en lo que acabamos de citar.

El anacronismo, presente en la novela histórica de todos los tiempos, es la manera en que lo histórico deja de ser puro pasado para vincularse al tiempo de la escritura y eventualmente de la lectura de la novela. El texto de Volodia Teitelboim no es ajeno a este recurso. Si bien el anacronismo se utiliza de manera muy distinta a la de Rivera Letelier, no por eso es menos notable, como ocurre las veces que menciona la marcha Erika (HS: 372, 373 y 493). Es verdad que hacia 1907 ya había empezado el proceso de transformación prusiana del ejército chileno[9], sin embargo, aún no existía la marcha Erika, compuesta por Herms Niel en 1939, bajo el nazismo[10]. Mal podían tocarla, entonces, las bandas de las tropas a cargo del general Silva Renard. Lo que se pretende con esta aparente distracción es acercar lo narrado a la época en que la novela aparece. En 1952 han transcurrido apenas siete años del fin de la horrorosa segunda guerra mundial. Y se viven los primeros años de la guerra fría y, como consecuencia de ésta, en Chile tiene vigencia la llamada ley maldita, que persigue a los comunistas, entre estos al propio Teitelboim. Para ellos se ha creado el campo de concentración de Pisagua custodiado esos soldados de formación prusiana; Pisagua, también puerto salitrero[11].

Sabido es que en la huelga de 1907, además de chilenos, participaron obreros de otras nacionalidades: argentinos, bolivianos, peruanos. Las dos novelas consignan este hecho, pero en la de Volodia Teitelboim se hace con mucho más insistencia. Creemos que, con esto, se quiere poner énfasis en el internacionalismo proletario que de alguna manera connota, tema que tiene mucho más vigencia en los años cincuenta que en el comienzo del siglo XXI. Con todo, donde más se advierte la época en que fue escrito Hijo del salitre es en lo estrictamente ideológico. El cuño estaliniano del narrador es ostensible, sobre todo a la hora de tratar a los anarquistas, como se aprecia en la caracterización de José Brigg, el máximo dirigente de la huelga. Se lo pinta tocado por lo siniestro: “Contemplando a Briggs (sic) en perspectiva, Elías vino a descubrir la cara que tenía: cara turbia de suicida” (HS: 381; cf.: HS: 165 y 167), debilucho (cf.: HS: 301-302, 318) y febril (cf.: HS: 386), un hombre que a ratos parece vacilar (cf.: HS: 349) y a ratos es temerario:

—General, nos iremos cuando los patrones cumplan con el convenio. ¡Solo entonces! ¡Usted nos exige la rendición incondicional! ¡General, eso no puede ser! ¡No es justo! No capitularemos. —Luego cruzó las manos sobre el pecho (HS: 387).

Según en el narrador de Teitelboim, el dirigente anarquista sobrevivirá a la masacre y desaparecerá en el desierto porque era un aventurero, un anarco (HS: 460 y 466). Para subrayar más el asunto, en medio de la huelga, se le inventan unos amores que lo hacen desatender sus obligaciones de dirigente; amores con una prostituta, para colmos picada de viruela:

plazastaSe había casado hacía poco. Aunque no creía en el matrimonio, sino en la unión libre, tal vez amaba a Luzmira. Pero no era Luzmira quien lo llamaba a grandes voces por toda la escuela. Era una mujer que se había enamorado de él, furiosa, en medio de esos días de lucha. Ella lo llamaba “mi gran héroe” y él tenía que llamarla en respuesta como todo Iquique la llamaba: La Cielo Estrellado. Alta, voluminosa, bien conformada, de grupa digna de tocarse como un piano, poseía un bello rostro picado de viruelas y por eso el pueblo la apodaba La Cielo Estrellado. La hermana ramera –prostituta individual, irreductible como un águila– amaba al hermano anarquista en su lenocinio solitario […] Diría al comando que estaba enfermo. Luego, a medianoche, debía ir a reunión con los camaradas del gremio marítimo en el Conventillo de los Judíos. Pero a esa hora él estrellaría el cielo a la mujer, y no podría decirles la verdad porque los jornaleros de mar, pequeños propietarios, con algunos anarquistas entre ellos, no aceptarían jamás que él les hiciera un desaire por una mujer, ni mucho menos por una hermana ramera, trabajadora de la carne, trabajadora del cuerpo humano, como decían de La Cielo Estrellado, cuando los veían juntos (HS: 340-341).

En este párrafo, el narrador, que no escatima recursos modalizadores[12], degrada insidiosamente a José Brigg y al mismo tiempo recurre a la ironía valiéndose del lenguaje propio de los anarquistas al emplearlo a su amaño. La continua degradación del principal dirigente de los huelguistas y de sus ideales políticos parece estar hecha para que el joven Elías Lafertte, una vez terminada la huelga, abatido por el dolor y el silencio, sepa distinguir al verdadero profeta, Luis Emilio Recabarren, quien ha regresado. Aparece al final de la novela presentado con tintes mesiánicos, es el hombre del camino, el que señala la futura redención de la clase obrera:

Su voz tenía una cadencia de aguas. Hablaba por muchos hombres.

Imaginó [Elías] que la desesperanza había muerto en él. La resurrección cantó en su corazón una canción necesaria. La canción del formidable optimismo en el resultado final, a través de las batallas de todos los días. “Parece que mis ojos están abiertos” – se dijo.

[…]

Elías lo vio perderse a pie por la pampa, cargando la maleta con los folletos y tuvo impulsos de correr tras él y ayudarlo. Pero permaneció inmóvil, reflexionando. Sí; era su padre recuperado, el padre de todos ellos, el padre de los obreros, el guía, el maestro (HS: 483-484).

Sin desmedro de la importancia que tiene Recabarren en la historia del movimiento obrero chileno, el maniqueísmo con que esto se expresa en Hijo del salitre ya no podría ser mayor.

En Rivera Letelier, en cambio, el dirigente anarquista José Brigg es tratado con mayor cariño y respeto:

Cuando después de un rato, José Brigg se asomó por uno de los balcones el silencio que se produjo fue impresionante. El mecánico anarquista de la oficina Santa Ana, hijo de padres norteamericanos y secretario de la fundación de la delegación pampina de Huara –que a estas alturas sin mostrarse demasiado se había alzado como el cabecilla natural de la huelga– nos informó que las autoridades nos ofrecían dos locales para alojarnos (SMFN: 83).

Esta visión se acerca a la de la historiografía más reciente, y hay que subrayar esto de más reciente porque el rol de los anarquistas en la formación del movimiento obrero chileno estuvo desatendido por décadas y sólo desde los años setenta empieza a considerarse con la seriedad que se merece (Vivanco y Mínguez, 2006: 7). En Santa María de las flores negras, el tratamiento de los dirigentes de la huelga no está condicionado por partidismo alguno. Por

otra parte, a Recabarren, sin ofenderlo, se lo libera de su carácter sagrado gracias al desfachatado humor del narrador:

[…] Domingo Domínguez le enjareta un discurso de media hora sobre la biografía del gran caudillo de los obreros chilenos, incluyendo persecuciones, encarcelamientos, escarnios y atentados a su vida. La perorata es tan enrevesada y su amigo tiene la lengua tan cocida por el aguardiente –sin mencionar el escollo de su prótesis dental–, que lo único que Olegario Santana saca en limpio son dos cosas: uno, que don Luis Emilio Recabarren se haya asilado en la vecina República Argentina, para evitar la sentencia de 541 días de cárcel, dictada por los tribunales de justicia en el proceso contra la Mancomunal Obrera de Tocopilla, que él dignamente presidía; y dos, que este gobierno, compuesto de cabrones y bellacos langucientos, está vendido sin remedio al capitalismo europeo (SMFN: 20).

Se nota en esta cita que estamos frente a una narrativa de nuestros días. Y esto también se advierte por las características que oportunamente dio Juan Cameron y que conviene recordar:

El rasgo de humanidad y de bondad que siempre se rescata en sus personajes hace confluir las historias del descreído Olegario Santana, el viejo de los jotes y a quien sólo redimirá el amor, y del rudo e iluso Domingo Domínguez, con las figuras de Liria María e Idilio Montaño en la esperanza de un futuro mejor. (Cameron 2003).

El lugar para esa utopía queda en el Sur, en esta elección Rivera Letelier se ciñe al hecho histórico. Una parte considerable de los obreros del salitre provenía del campesinado de la zona central y sur de Chile. Habían abandonado la pobreza del campo para encontrar un mundo mejor en el norte salitrero. Una vez que conocían el infierno de las oficinas en la pampa, la tierra de origen se les volvía el Paraíso, al cual por amarres de los patrones, admi­nistradores y pulperos ya no podían retornar. Durante la huelga, la idea del regreso al Sur se transformó en una reivindicación desesperada. Al finalizar la obra, la joven pareja formada por Liria María e Idilio Montano están a punto de conseguirlo; además, en medio de los horrores de la masacre y el desaliento ha triunfado el amor:

Olegario Santana, pensativo, apenas prueba el té. Más tarde, antes de despedirse, se lleva a los jóvenes hacia un lado, extrae desde el forro del paletó tres fajos de billetes de los grandes y se los alarga.

—Esto es para que se embarquen hacia el sur —les dice.  Los jóvenes lo miran incrédulos. —Son los ahorros de todos mis años en la pampa. Creo que con esto les alcanza también para comprarse un parcelita (SMFN: 248).

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Tropas del Regimiento Esmeralda en Iquique

Según Shaw (1999: 261-262), la realización del amor, la cotidianeidad y lo coloquial son rasgos característicos de la novelística con posterioridad al Boom; rasgos que, según nos parece, se dan en la novela de Rivera Letelier. Pero, además, si se aíslan los amores de la joven pareja del resto de la trama, nos encontramos que en medio de la ficción de asunto histórico hay incrustado otro género, el de la novela rosa. O mejor, el de la parodia de la novela rosa como bien lo delata la elección claramente cursi de los nombres Liria María e Idilio[13]. Mezcla de géneros y parodización son elementos recurrentes de una narrativa más o menos actual, la que toca temas históricos no escapa a estas características.

Como puede verse, el asunto histórico no borra la propia historicidad de las novelas, estas dejan traslucir las huellas de su época y de la cultura que las origina y que contribuyen a formar. Hijo del salitre y Santa María de las flores negras son textos artísticos literarios; por consiguiente esos rastros epocales se advierten con mayor nitidez en el plano estético y en el ideológico. Este último incide sobre el primero, pero no siempre de la misma manera ni con el mismo énfasis; al comparar ambos textos, la historicidad deja a la luz esta clase de diferencias. Así, dos novelas sobre la masacre de Santa María de Iquique, a pesar de tener en común un relato que simpatiza abiertamente con las víctimas y los supervivientes, son radicalmente distintas. Sospechamos, que en lo referente a la historicidad, algo muy parecido podría decirse de los textos de Historia que relatan este mismo hecho. El libro de Eduardo Devés, por ejemplo, junto con rastrear lo ocurrido hasta en el menor detalle posible, refresca la investigación historiográfica y, atendiendo al enfoque y a que sale a la luz por primera vez en 1988, puede ser considerado, al mismo tiempo, como una lúcida expresión de resistencia a la dictadura de Pinochet que aún no terminaba.

 

Sergio Infante

Sergio Infante reñasco

 

Bibliografía

 

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Bakhtine, M. 1982. L’œuvre de François Rabelais et la cultura populaire au moyen âge et sous la renaisssance. Paris: Tel Gallimard.

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Notas

 

[1] Publicado anteriormente en, Acta Universitatis Stockholmiensis, Estocolmo 2009: 373-383 http://www.sub.su.se/home/online-shop/series-in-acta-universitatis-stockholmiensis/titles-in-the-series/acta-universitatis-stockholmiensis/?id=4703 En nuestra versión hay un par de ligeras modificaciones.

[2] El primer texto artístico sobre el tema es el Canto de venganza popularizado más tarde con el nombre Canto a la pampa, poema de Francisco Luis Pezoa, obrero anarquista y poeta. (cf.: Bravo Elizondo y Guerrero Jiménez 2000: 38, n. 14; y 57-59).

[3]. Usamos la edición de 2006 y citamos SMFN más el número de página.

[4] Es decir:

[…] un texto con significado implícito está siempre inmerso en la realidad histórica del mundo de la acción. La inteligibilidad específica de la escritura radica en la precomprensión del lenguaje como acción social. La escritura como comunicación es siempre histórica. El escritor, el medio del lenguaje, el lector, el grupo social que proporciona los medios para escribir, son todos fenómenos históricos. Insistiría, por tan-to, que debemos recordar a menudo que la mediación simbólica debe comprenderse como mediación social. Si vamos a comprender una página escrita, debemos situar la página primero dentro del cuerpo de la escritura, después colocar la escritura dentro de una práctica particular de escritura –periódicos, conferencias, poemas, etc.– y finalmente, en la experiencia de la interacción social, localizar nuestra página dentro de toda la red de convenciones de escritura, de creencias y de compromisos hacia dichas creencias, de instituciones, y de la configuración total de la constitución histórica de la cultura tal y como la comprendemos (Valdés, 1995: 35-36).

[5] Citamos por la edición cubana de 1972 y abreviamos para las HS más el número de página.

[6].Desgraciadamente queda fuera de nuestro estudio la novela El invasor (1997), de Sergio Missana, no conseguimos el texto.

[7] A pesar del trasfondo de pobreza, injusticia y sufrimientos, al espíritu de la obra de Hernán Rivera Letelier parecieran calzarle como anillo al dedo estas palabras de Bajtin:

Ainsi la méfiance vis-à-vis du ton sérieux et la foi en la vérité du rire étaient spontanées. On comprenait que le rire ne dissimulait jamais la violence, qu’il n’édifiait aucun bûcher, que l´hypocrisie et la duperie ne riaient jamais, mais au contraire revêtaient le masque du sérieux, que le rire ne forgeait pas de dogmes et ne pouvait être autoritaire, qu´il était signe non point de peur, mais de conscience de la force, qu’il était apparenté à l’acte d’ amour, à la naissance, à la rénovation, à la fécondité, á la abondance, au manger et au boire, à l’immortalité terrestre du peuple, qu’enfin il était lié à l’avenir, au nouveau à qui il déblayait la voie. C’est pour cette raison que, spontanément, on se défiait du sérieux et on ajoutait foi au rire de la fête (Bakhtine 1982: 103).

[8] Para comprender a fondo este fenómeno del anacronismo y, sobre todo, para un estudio exhaustivo de la novela de tema histórico de las distintas épocas y especialmente en lengua castellana véase Fernández Prieto (1998).

[9] Este proceso de modernización a cargo de oficiales alemanes se inicia en 1887, para mayores detalles véase de Ramón (2004: 208-211).

[10] “Erika (Auf der Heide blüht ein kleines Blümelein) was a march song composed by Herms Niel in 1939”, en http://www.nationmaster.com/encyclopedia/Erika-%28song%29, consultado el 2008-03-17, 15:55.

[11] El autor de Hijo del salitre pasó por la experiencia de estar prisionero en ese campo (cf.: Teitelboim 1999: 429-442).

[12] Para un estudio de la modalización en el relato, véase Adam y Lorda (1999: 168-170).

[13] Queda la duda, en este caso concreto, de que si la parodia ha sido, o no, una intención del autor. ¿Quién puede garantizarlo? En todo caso para el lector medianamente culto percibir estos nombres cursis como una parodia –de lo romanticoide– es inevitable.

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