A fuego eterno condenados de Roberto Rivera

El jueves 31 de agosto último pasado en la Sala O, del antiguo barrio Lastarria, en una concurrida y significativa ceremonia, el escritor y Presidente de la SECh presento la segunda edición de su novela “A fuego eterno condenados” que en esta oportunidad aparece bajo el sello de FONDO DE CULTURA ECONOMICA. En la oportunidad presentaron la novela el poeta y actor Pedro Vicuña y el cineasta, Miguel Littin. A continuación, CACTUS Cultural.cl, reproduce en exclusiva las palabras de Miguel Littin.

Miguel Littin

Buenas tardes:
Las formas del absurdo, el humor mordaz, el grotesco, la desmesura, la tragicomedia en suma, han sido utilizadas por el arte y la literatura a lo largo de la historia con el propósito de escribir en profundidad las características que definen su devenir existencial.

En efecto, ya Francoise Rabelais en el 1500 nos cuenta que para alimentar a Gargantua el día de su nacimiento, fueron necesarios alrededor de 1500 novillos… decenas de aves de corral, cientos de corderos y otros alimentos y bebidas… y aun así su apetito voraz, reflejo de la época, no se saciaba.
Es decir que para narrar la realidad profunda de la época Rabelais elegía la exageración y la desmesura, estilo literario que nos permite hasta hoy, pasados varios siglos acercarnos a través del prototipo de la realidad y significado del pasado como si esta ocurriese en el presente.
De esta manera Roberto Rivera a través de los trazos de una escritura plena de contrastes, sueños y figuraciones nos traslada a las entrañas subconscientes de la dictadura militar del 73.

En efecto Nicomedes, cantor popular de tangos y boleros, llamado así quizá en homenaje a otro Nicomedes Guzmán el que escribió con SANGRE Y ESPERANZA, la crónica social de Santiago en la década del treinta, resucita en el albor del fuego de las primeras fogatas que daban inicio a la rebelión popular que terminarían con la pesadilla que vivió Chile durante 17 largos años de dictadura.
Cito un párrafo de “A fuego eterno condenados”

“De dónde viene cayendo Ud., Nicomedes? –Vuelve a insistir… de la muerte señora, o del infierno si Ud. quiere. Me acuerdo que me fusilaron… pero no fue aquí… no vaya a creer que estoy loco. Fue en otra ciudad, igual a esta pero despoblada y me perdí en páramos… anduve… vaya a saber Ud. donde estuve hasta que resucité, resucité no más, ahora en la mañana… y estoy tan contento señora… viera Ud. la luz de las llamas, se iluminó todo y salí a caminar, a mirar todo porque voy a cantar de nuevo…” Fin de la cita.

¿La muerte es el olvido? ¿El olvido es, sin embargo, la continuación inconsciente de la memoria?
¿La muerte es la fragmentación de la memoria colectiva la que mal o bien conforma la historia de los pueblos?
¿Qué es la vida? Como podría preguntarse Calderón de la Barca, citado más de una vez por Roberto Rivera en su novela. ¿Una ilusión, una pesadilla?
La realidad de los sueños no está determinada por la voluntad, en cambio lo que llamamos realidad consciente si. ¿En cuál de los dos mundos incursiona la verdad?
Diría que “A fuego eterno condenados” cabalga en medio del abismo de estas dos realidades innegables.
Creo que Chile vivió su más grande encrucijada histórica en el tiempo signado por el fin de la dictadura y el inicio de una posible democracia, en ese abismo fantasmal transcurre la resurrección y la muerte de sus personajes, así como nuestras vidas transcurrieron en esas tinieblas abismales, llenas de ilusiones, donde sin embargo se transó en nuestro nombre el destino de una sociedad que termino estructurada en un orden vertical similar a la contra reforma y en definitiva a la oscuridad del medioevo.

Si Lampedusa en el Gatopardo afirma que todo debe cambiar para que todo siga igual, Roberto Rivera nos dice que todo lo engendrado en dictadura se desarrolló y creció en el proyecto frustrado de una democracia pactada en los mercados globales, que consumó finalmente una dependencia cruel y poderosa ya que no solo atraparon el cuerpo si no el alma, dejándonos como individuos y como nación a merced de Minotauros bancarios, consorcios, AFP y un largo etc., dependencia legitimada como democrática en el proceso más atroz y perverso aún que la descrita por Kafka en su admirable novela.

 

 

CAPITULO VI

 

A la Lumbre de la Ciudad Oncena.

 

…en una ciudad otra, desconocida como un mal sueño, de mismas casas y mismas calles…idéntica bajo otro cielo, recordaría, otra niebla, así amaneció Santiago para el Nicomedes un día y fue y vino por esa pesadilla…de sombras y fantasmas…estuvo en Vicuña Mackenna, recordaría, en la Universidad, en bares desolados, en una Peña, estuvo, quién sabe donde estuvo…arrancando de sí mismo, de su aspecto, del pelo largo y los bigotes, si hasta sentía que llevaba los pensamientos estampados en la cara y que la bronca y el susto se le veía, de días antes se le veía, sumido en otra ciudad, ciego y ajeno como en un vientre, recordaría, los ojos anegados, otro, sin duda otro cuando dijo :

– ¿ Dónde estoy ? – y se vio en un rincón de altas paredes y malezas húmedas.

– ¡¿ Dónde estoy ?! – gritó.

– ¡ Alto !

– ¿ Dónde estoy ? – repitió encandilado por un foco.

– Te estamos alumbrando – advirtieron.

– Pero yo no estoy acá – dijo – Esta es otra ciudad. Ustedes no saben que ésta es otra ciudad.

– Estamos alumbrando la ciudad – respondieron – Te estamos alumbrando a ti.

– ¿ Dónde estoy ? – insistió.

– Aquí – y a los empujones lo invitaron a subir a un camión verde.

Fue en Cerrillos al pie de una fábrica de lozas, en Rodrigo de Araya junto a una bodega de vinos, fue en Independencia… fue…hasta allí llegó perseguido por lo equívoco, recordaría… se escuchaban disparos…

– Déjenme ir – dijo. Le dolían las costillas y la cara.

– Yo no soy de acá – insistió – Hace días que busco la Alameda y la liebre Tobalaba.

Alguien lo alumbró con una linterna.

– Señor – explicó – Salí de la casa y me encontré con otro Santiago…

– ¿ Otro ?.

– Sí. Otro – respondió y la linterna se apagó al punto.

Sobre el camión daba tumbos por la ciudad a oscuras.

– ¿ Dónde estoy ? – volvió a preguntar.

Algo lo golpeó en la cara.

El ruido se hizo ensordecedor, un aviso publicitario tras otro, se liquidan muletas y prótesis…no se permitirán mujeres con pantalones…y recuerde, no huya…el bien de todos depende de que usted se detenga…pero que sea frente a supermercados Armac, Armac y Carnicerías Triple C…junto a la reconstrucción…Coma pollo, Coma pollo, guarde pollo…con la joya de los tiempos, los buenos tiempos que regresan y…cuente con nosotros, lo mucho que tiene que contar si lleva el pelo largo…comprométase, cuente, lárguese…porque la paz y la tranquilidad no tienen precio, Parque del Olvido, el camposanto a la medida de sus huesos…y de su bolsillo… se abrirá fuego a los que osen asomarse a la ventana…nutrido fuego con cocinas Resplandor…

Fue en Camino Agrícola junto a un laboratorio, en El Pinar frente a una fábrica de tejidos, fue en la Estación Mapocho…fue… hasta allí llegó perseguido por lo equívoco, recordaría…se escuchaban disparos…aviones y disparos…y creyó ser una gallina en ese caos, caminando con sospecha, un pasito y otro para luego mirar lo inentendible con atención, cocorocó, quién habla, de qué, y esos camiones y los tanques y la gente contra la muralla, de qué están hablando en la oscuridad, recordaría…voces y órdenes…disparos…cocorocó, correteando asustada y loca, desbocado…en Rodrigo de Araya junto a una bodega de vinos…como una fisura en la luz… oscuro…brillando de oscuro en otra ciudad, de mismas casas y mismas calles…idéntica bajo otro cielo, recordaría, otra niebla, reversada en el silencio…como un laberinto…ciego y ajeno…recordaría…los ojos anegados, temblando en el viento y en el fondo como en un vientre…un toro caótico avanza en dos pies…lleva un garrote…alguien ocupa la cabeza, otro piensa…adivina…

– ¿ Dónde estoy ? – dijo y se vio en un rincón de altas paredes y malezas húmedas.

– ¿ Dónde estoy ? – insistió.

El ruido se hizo ensordecedor…daba tumbos por la ciudad a oscuras.

– ¿ Dónde estoy ? – volvió a preguntar.

Algo lo golpeó en la cara, recordaría…lo oscuro lo encandiló.

 

Sintió que lo sacaban arrastrando del pelo. Le faltaban varios dientes y forcejeaba.

– …cuente con nosotros…- le dijo alguien – El bien de todos depende de usted…

Ahora lo arreaban por un suelo de pavimento.

– Gánese una suculenta recompensa – dijo otra voz – No sea huevón…- y de un empujón lo arrojó contra un escritorio.

 


Roberto Rivera Vicencio (Santiago, 1950)
Egresado del Instituto Nacional, estudio Matemáticas y Literatura en la Universidad de Chile. Residió varios años en Bueno0s Aires a partir de 1974, donde participó en la redacción de la revista “Suburbio”. Fue miembro del primer Taller de Narradores de José Donoso al regreso de este a Chile. Importante motor de iniciativas literarias en los 80 como el “Encuento” y “Todavía escribimos” funda y dirige la revista de cultura “Miradas”, hace crítica literaria y entrevistas en el diario “La Tercera” y “Radio Universidad de Chile” y desde crónica policial hasta deportes en el diario “Las Ultimas Noticias”.
Sus cuentos han sido publicados en diversas antologías y revistas de Europa y América. Fue invitado el 2004 a la Universidad de San Diego USA (San Diego State University) como escritor latinoamericano a realizar lecturas, charlas y conferencias. El año 2016 es invitado al “Dialogo de Escritores Latinoamericanos” en la Feria del Libro de Buenos Aires, Argentina. Actualmente desempeña el cargo de Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *